Obstinación ecológica: vida y muerte

Natalia Agudelo Sepúlveda[1]

“Nena, la vida es un ratico”

Elsa Victoria Henao

Mi prima/hermana/árbol

 

 

¿Y si la reflexión sobre la obstinación ecológica no es solamente una invitación a la observación radical o a una apertura, también radical, a la vida? ¿Qué pasa cuando la obstinación ecológica es constituyente del fenómeno Vida? Pues bien, no somos los humanos los únicos capaces de obstinación. La Vida es profundamente obstinada, por decir lo menos. Ella ha sido una insurrecta de las megaextinciones, un eco reproductivo en las proclamadas “zonas muertas”, una permanencia microscópica en la macro angustia visual humana.

La Vida, todos sus rastros y rasgos plurales, permanece con terquedad y constancia, con porfía. Ella, que no es eterna (tuvo un inicio y tendrá un final), se obstina en una persistencia que es, a su vez, mutabilidad. Eso parece ser la obstinación: en latín, este sustantivo indica constancia, firmeza y tenacidad. En español supone, además, terquedad y empecinamiento. He de admitir, lectoras y lectores que el hecho de que la flexibilidad sea su antónimo, permite pensar en las contradicciones habitables de la lengua: a ciencia cierta no podríamos negar que la vida sea flexible.

Me gusta la palabra obstinación; tal vez de una manera similar a Hermann Hesse, tal vez no. Él, para explorarla, toma en sus manos los dos componentes etimológicos de Eigensinn (Eigenn: propio; Sinn: sentido), palabra alemana habitualmente traducida como terquedad. Él, para narrarla, reconoce su potencia enrarecida de humanidad y la delata como la única virtud que muestra un sentido vital. En su ensayo Obstinación, escrito en 1919, Hess nos dice:

Todas las cosas en el mundo tienen un “sentido propio”. Cada piedra, cada brizna de hierba, cada flor, cada arbusto y cada animal crece, vive, actúa y siente según su “propio sentido”, y en eso estriba el que el mundo sea bueno, variado y hermoso. Que haya flores y frutos, encinas y abedules, caballos y gallinas, estaño y hierro, oro y carbón, se debe única y exclusivamente a que todas las cosas del universo, hasta la más pequeña, tienen su “sentido propio”, llevan dentro su propia ley y la siguen absolutamente seguras e imperturbables. (Hess, 1995, p. 90)

Sin embargo, más que un “sentido propio” de singularidades inmersas en “leyes” naturales, prefiero degustar la obstinación por el susurro que la sobrevuela, por ese cierto pese a todo. La Vida se obstina pese a todo: pese al antropoceno, pese a la Sexta Extinción, pese al capitalismo. La vida se obstina a pesar de, aun cuando, incluso ante. Quizás hayan visto ustedes, lectores y lectoras, esos frenesís delirantes llamados diente de león o Taraxacum officinale cuando apenas si asoman por el asfalto con sus amarillos florales, mientras esperan su fase redondeada, blanquecina, y repleta de semillas que se lanzan al viento como diminutas bailarinas. Tal vez incluso hayan sido ustedes anemocorios sustitutos de esas grandes maestras del crecimiento intersticial. Tal vez no “ley” natural, tal vez sí perseverancia de toda relación.

Aunque, si de “propio sentido” se trata, la vida “es materia indisciplinada, capaz de escoger su propia dirección con vistas a retrasar indefinidamente el inevitable momento del equilibrio termodinámico -la muerte-” (Margulis, Sagan, 1996, p, 49). La Vida se obstina ecológicamente hasta esa temporalidad in-indagable y hasta su límite incorruptible: ese futuro profundo -astronómico y cosmológico- repleto de átomos y fuerzas, condensada en un abrazo solar irreparable, en colisiones galácticas y en largos etcéteras físicos. 

Por supuesto que la palabra obstinación, con tal dinámico y fuerte prefijo (ob-: delante de, en contra de, hacia, en dirección a) puede ser tan metaforizada como la obsecuencia, la obediencia y la obertura. Hannah Arendt preferirá pensar la obsecuencia, Hess la obediencia y, si de oberturas se tratase, la Obertura Coriolano de Beethoven sería la máxima representante de cualquier obstinación de la vida.  Y ni qué hablar de su raíz, derivada del verbo stare, que significar estar de pie, incluso resistir, perseverar, mantenerse (Diccionario Vox, entrada sto, p. 479). Profunda metáfora ética y política en tiempos de retorno del fascismo. Excepcional descripción para las plantas ruderales que se asoman en las ruinas, en los lugares devastados. Al fin y al cabo, ruderal, viene del latín ruderis, que significa escombro.

Sin embargo, ¿por qué es ecológica la obstinación de la Vida? Es ecológica porque depende de intracciones e interrelaciones entre lo vivo y lo no vivo en todos sus niveles: desde la célula procariota hasta Gaia, desde el átomo hasta los Ciclos Biogeoquímicos, desde las gotas de Cortázar hasta la fosa de las Marianas; todo sostenido por las cuatro interacciones fundamentales: la gravedad, el electromagnetismo, la fuerza nuclear fuerte y la fuerza nuclear débil. Estas inter-intracciones permiten la organización de la materia, el metabolismo, la homeostasis, la evolución, la adaptación, la continuidad, la simpoiesis, la temporalidad, la complejidad emergente y la lejanía del equilibrio termodinámico. La obstinación, en Gaia, es entonces bioquímica y geofísica, es -en último término- ecológica.

Visto así el fenómeno Vida, la única opción que tendríamos sería sentirnos nano-transeúntes efímeros en un colosal e inaprehensible proceso: gran sentido de la insignificancia en estos siglos de excepcionalismo humano. Claro está que los nano-transeúntes no solo seríamos los humanos. Cada singular viviente tiene una potencia vital y temporal distinta, también, una enorme potencia poética y ontológica derivada de su longevidad o de su brevedad. Indaguen, lectoras y lectores, el tiempo de vida de la mariposa lima (Papilio demoleus); ahora compárenla con la secuoya gigante (Sequoiadendron giganteum); luego, añadan a la lectura la longevidad del micelio del género Armillaria.

Ahora bien, la obstinación ecológica de la vida depende de las muertes de los vivientes plurales, de su descomposición, porque -ante todo- la obstinación es posible mediante el flujo de materia y de energía. En su ensayo, De mal gusto: hacia un enfoque alimentario de la muerte, Val Plumwood -y de una manera majestuosa- reflexionará lo siguiente: “me parece que nuestra concepción del mundo [humano-occidental] niega el rasgo más básico de la existencia animal en el planeta Tierra: que somos alimento y que mediante nuestra muerte nutrimos a otros” (2024, p. 145). La muerte, lo consideremos o no, desempeña una función ecológica fundamental para la vida: ser para otros.

Ella irá más allá, pero no irá sin más. Su ensayo estará atravesado -íntimamente- por la muerte de su hijo, la decisión sobre su entierro, y por las férreas posiciones humanas entre el cielismo y el ateísmo respecto a la muerte y a su ritual. Por tanto, anotará:

La negación excepcionalista de que somos alimento para otros es patente en muchos de los aspectos de nuestras prácticas vinculadas con la muerte y la sepultura: el ataúd sólido, enterrado convencionalmente muy por debajo del nivel que alcanza la actividad de la fauna del suelo, y la losa sobre la tumba, que previene que otro nos desentierre, evitan que el cuerpo humano occidental -al menos el suficientemente acaudalado- se convierta en alimento para otras especies. (p. 148)

Seguramente todos tenemos un muerto en el cual pensar, un ritual qué recordar, una historia de negación excepcionalista. En mi caso, hace casi cuatro años, y en medio aún de la Pandemia, mi prima hermana murió después de batallar fuertemente con una enfermedad neurodegenerativa progresiva: la rara y huérfana esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Si bien a la hora de morir estaba infectada con el virus SARS-CoV-2, su muerte no se debió a “él”. Como deben recordar, lectoras y lectores, los rituales de muerte se modificaron intensamente en esos años. No hubo entierros, solo flamas ardientes que dejaban en ceniza y minerales a los difuntos. La cremación permite devenir al cuerpo gases atmosféricos y no descomposición química que pueda nutrir a otros.

Sin embargo, y en una atención a la vida, decidimos en familia cavar la tierra, poner las cenizas y sembrar un hermosísimo guayacán lila de unos dos años de edad. El calcio, el fósforo, el potasio y el magnesio de ella se llevaron muy bien con las raíces y la inspiración de él. Incluso, le hemos visto florecer un par de veces y por supuesto quedamos absortos con sus máximas cinco flores. Azulejos (Thraupis episcopus), sirirís (Machetornis rixosa), suirirís reales (Tyrannus melancholicus), bichofué (Pitangus sulphuratus), y a veces loros de gran tamaño, se posan sobre él y, decididamente y con calma, observan como ella. Yo le hablo al árbol/prima/hermana mientras veo trepar hormigas diminutas que apenas si se distinguen. Tal vez esa es otra forma de nutrirnos con la muerte.

En su libro El espíritu del suelo: por una comunidad más que humana, María Puig de la Bellacasa nos llama a “abrazar la descomposición”. Al morir, escribe, “regresamos al suelo. Somos materia en tránsito, cambiando de forma a través de una Tierra finita” (2023, p. 18):

En los suelos, la descomposición moviliza una “comunidad” de seres, la “comunidad del suelo”, una cooperativa de organismos y plantas por la que circulan y se recombinan elementos como el nitrógeno y el carbono. Una multiplicidad de organismos -plantas, hongos, bacterias- participan constantemente en la generación y descomposición de compuestos, reteniendo y pasando sustancias de un lugar a otro, disponiendo de ellas para su reutilización. La degradación y la desintegración son procesos de descomposición. La descomposición es una relación […] (p. 59)

La Vida se obstina ecológicamente a través de la muerte. Lo sentido y pensado como dicotomía (vida/muerte) es parte de un mismo proceso. De ello nos queda el discernimiento biológico sobre la putrefacción, la recuperación de la categoría de necrobioma y la bienvenida a las “comunidades del suelo”; nos queda, también, el devenir ciclo de la vida y la habitabilidad simbiótica en Gaia. Tal vez, lectores y lectoras, han observado ustedes algún time-lapse que presente la descomposición de algún animal, un roedor, por ejemplo. En esa herramienta de los impacientes la imagen-movimiento es clara: ¡retornamos al suelo con ayuda de tantísimos otros!

Sin embargo, me desvela la muerte cuando no me alcanza ni la ecología ni la especulación. La muerte como exterioridad lasciva, como conminación de lo invariable, como duelo incontestable, me lanza a derivas éticas y políticas. La vida-muerte, como proceso, no puede desdibujar ni neutralizar los rostros de nuestros muertos, su plural: toda infancia, cada pariente humano, todo pueblo aniquilado, cada mujer asesinada por ser mujer, toda víctima del fascismo y de la injusticia estructural. Y, a su vez, toda infancia no-humana, cada parentesco raro (Haraway), todo pueblo más-que-humano aniquilado, cada ecosistema expoliado. Estas vidas plurales humanas y no-humanas, segadas por humanos, difícilmente nos puedan narrar sobre la obstinación ecológica de la Vida, aunque nos obstinen en resistencias y rebeliones.

Cuando la muerte es política de aniquilamiento, de genocidio, de ecocidio, rompe con toda dinámica vital, con todo ciclo, con todo futuro. Y, aunque toda muerte se reincorpore bioquímicamente al suelo y a la atmósfera, las muertes obturan interrelaciones, cortan y cercenan la aparición de posibles, de futuribles. El exterminio es clausura de mundos por-venir, humanos y no- humanos; es rompimiento y mutilación. Y, aunque Gaia se obstine brutalmente en su propia sobrevivencia (y lo logrará), todo futuro tiene el derecho de ser más que una nueva extinción.

 

 

 

 

STOP FACISM

 

 

 

 

 


Bibliografía

Puig de la Bellacasa, M. (2023). El espíritu del suelo. Por una comunidad más que humana. Tercero incluido.

Plumwood, V. (2024) El ojo del cocodrilo. Cactus.

Haraway, D. (2019). Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno. CONSONNI. 

Hesse, H. (1995). Obstinación: Escritos autobiográficos. Alianza Editorial.

Margulis, L. y Sagan, D. (1996). ¿Qué es la vida? Tusquets Editores. 

Diccionario VOX. Entradas Ob- y Stare-

 


Para citar este artículo: Agudelo-Sepúlveda, N. (2026). Obstinación ecológica: vida y muerte. Revista Luna Azul, (63), 1-6. https://doi.org/10.17151/luaz.2026.63.1

 


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[1] Filósofa. Magistra en Estudios Latinoamericanos. Docente de la Maestría en Ecología Humana y Saberes Ambientales. Universidad de Caldas. E-mail: natalia.agudelo@ucaldas.edu.co