Obstinación ecológica: sobre hormigas y observaciones
“Aprender a conocer -escribe ella-
es aprender a discriminar,
aprender a reconocer lo que importa,
aprender cómo unas diferencias cuentan,
y aprenderlo en los riesgos y los efectos del encuentro,
es decir, conectándose con la multiplicidad inherente de lo que importa para estos seres que uno quisiera conocer y lo que ellos hacen que importe.
Es el arte de las consecuencias”.
Vinciane Despret sobre Isabelle Stengers
Habitar como un pájaro (2022)
DOI: 10.17151/luaz.2025.62.1
Ocurren toda una suerte de encuentros con otros mundos, una marejada de imágenes en movimiento que permiten cultivar la imaginación, la fabulación y la percepción. Cada vez que -por ejemplo- me inclino por lecturas de difusión científica me hallo en medio de una sobrecogedora alusión a relaciones invisibles que, una vez conocidas, ya no puedo dejar de inferir. Hay cientos de historias que me permiten esa apertura radical a la vida, esa suerte de obstinación ecológica que me encamina a la búsqueda de otros modos de existencia. A tal obstinación ecológica la entiendo como un posicionamiento que pretende resistir a las embestidas de las narrativas antropocéntricas, a la autoreferencialidad evolutiva y a toda ficción en la que el ser humano es descrito como profundamente excepcional. La entiendo, también, como una disposición a la co-habitancia y, por tanto, a la multiplicación ontológica de las existencias que, lejos de reflejar un puro goce estético, asume los mundos otros desde una impronta ética y cosmopolítica.
Todo lo vivo cuenta una historia. En términos ecológicos, cada ser (que nunca es uno) lleva a cuestas sus relatos de relacionamientos, sus narrativas de evolución y coevolución, sus solemnes simbiosis. En sus formas, en sus gustos y acoplamientos, en sus desplazamientos y búsquedas, todo lo vivo trae consigo los rastros de sus antecesores, incluso de sus ancestros más lejanos. Para encontrar los mundos vividos y vívidos se debe, entonces, observar, pero observar en el sentido clásico del término: prestar atención, acechar, vigilar, honrar, respetar[2]. Sin embargo, toda observación es colectiva: observo lo que me enseñan a observar, a contemplar, a detallar. Y, ante todo, toda observación es mutua.
En las páginas en que Vinciane Despret prologa el libro El rastreador (2023) de Baptiste Morizot se lee lo siguiente respecto a la práctica del rastreo, la cual tiene la característica de ser un encuentro “en diferido y a distancia” (Despret, p. 13):
Lo que la práctica del rastreo vuelve perceptible […] es que seguir significa “andar con”. Andar es entonces un acto de meditación. Ni al lado ni al mismo tiempo, sino en los pasos de otro que avanza por su propio camino y cuyas huellas son otras tantas señales que cartografían sus motivaciones (incluida la de escapar de su rastreador, si ha percibido su presencia). “Andar con” sin simultaneidad y sin reciprocidad, implica así unas vivencias a través de las cuales permitimos que nos instruya otro ser: nos dejamos guiar, asimilamos su forma de sentir y de razonar […], nos desprendemos de nuestra propia lógica para asumir otra y aceptamos deseos que no son los nuestros. (Despret, p. 12)
La observación colectiva, en cambio, se refiere a la suma de atenciones que se le han puesto a una relación, incluyendo las descripciones de las ciencias de la vida, las cotidianas, las especulativas, las hiperbólicas. No a todas se nos presenta la posibilidad del rastreo de lobos, osos, jaguares. No a todos nos llevan tras sus vuelos los pájaros. Otros seres vivos, con un grado de espectacularidad distinta, se nos pueden presentar a diario y son ellos, también, portadores de atenciones.
Considero que las hormigas, por ejemplo, son portadoras de historias fantásticas. Historias, algunas, que han sido producidas mediante el uso de antropometáforas de raigambre sociopolítico y que se suponen mediante el uso de términos relativos a su organización. Reina (la hembra que todo lo puede -por supuesto antes se pensaba que era rey-), soldados (hembras estériles especializadas en “defensa”), obreras (hembras también estériles especializadas en “cuidado y construcción”), castas (roles específicos con variables morfológicas), nodrizas (hembras obreras más jóvenes en las tareas del cuidado de las crías en toda su metamorfosis), zánganos (primero onomatopeya, después macho medio inútil). Sin duda, estas maneras de clasificar producen modos de observación reduccionistas y clausuras de potenciales fabulaciones. Les pasa -y no me sorprende- a los clasificados como animales eusociales, en este caso insectos eusociales (termitas, hormigas, abejas, avispas), que, para serlo, deben cumplir con criterios específicos. Aconsejo a los y las lectoras darse una vuelta por la obra de Edward O. Wilson para conocer cada uno de ellos.
En su libro Habitar como un pájaro (2022), Vinciane Despret analizará algunos de los términos usados para referirse a los mundos-pájaros, especialmente aquellos relativos a la competencia. El caso del término “territorio” será crucial:
Podríamos preguntarnos por una coincidencia: el término “territorio”, con una connotación muy marcada de “propiedad exclusiva de la que uno se apodera”, aparece en la literatura ornitológica en el siglo XVII, es decir en el momento en que, según Philippe Descola y numerosos historiadores del derecho, los Modernos resumen el uso de la tierra mediante un solo concepto, el de apropiación. (Despret, 2022, p. 20)
Ahora bien, Despret -repleta de atenciones y curiosidades- nos dice también que: “el “territorio” es un término que no tiene nada de inocente, y no debo olvidar las violencias apropiativas y las destrucciones que configuraron algunas de sus significaciones actuales”. (p. 22). El término territorio, nos subrayará, podría implicar “hábitos de pensamiento empobrecidos” (p. 23). Las descripciones de los ornitólogos respecto a los comportamientos de los pájaros, seguirá narrando Vinciane, “son elocuentes, e incluso bélicas o militares: conflictos, combates, retos, disputas, ataques, persecuciones, patrullas, defensa territorial, cuartel general […], pintura de guerra” (p. 23). Sin embargo, también resaltará, “algunos ornitólogos discutirán esos usos terminológicos, no porque antropomorfizarían a los pájaros, sino porque invitan a privilegiar los comportamientos competitivos y agresivos practicados en la territorialización, ocultando otras dimensiones que les parecen cruciales" (p. 23).
Este pequeño recorrido por el primer capítulo del libro de Despret, y sin tomar en cuenta otros de sus argumentos, me parece fundamental para pensar sobre las palabras aplicadas a las hormigas. Tales términos “acarrean hábitos de pensamiento empobrecidos”, que, dicho sea de paso, reproducen un modo singular de hacer mundo, al parecer el nuestro. Como desde que soy madre pienso siempre en las infancias, preguntas recurrentes vienen a mi cabeza: ¿cómo contar historias de hormigas sin tales apelativos? Si digo casta, soldado (así en masculino), obrera ¿no implica ello una clausura de la imaginación frente a los mundos-hormiga? Con las infancias nada se sabe: ¿podría pasar, acaso, que al ver a un soldado pensaran en una hormiga hembra?, ¿sería pertinente que la palabra obrera fuera primero definida por las acciones de una comunidad de insectos?, ¿qué imaginario tendrían de la lucha obrera? Podríamos arriesgarnos a esa multiplicación de ficciones y fabulaciones. Pero ese riesgo tiene un alto costo: establecer que los mundos son homogéneos o que existe un solo mundo “lógica” y “normalmente” humano.
Pero vamos a las hormigas. De las más de 15.000 especies descritas, varias me han hipnotizado. La Solenopsis invicta, llamada también hormiga roja de fuego, es una de ellas. Me he topado varias veces con estas diminutas; también con sus hormigueros. Sin embargo, las conocí gracias a Carlos A. Blanco, ingeniero agrónomo, biólogo y autor del libro La hormiga de fuego invicta, publicado en el 2017 por el Fondo de Cultura Económica y dentro de la preciosa colección de Ciencia para Todos. Este libro nos lleva a un viaje excepcional por la vida de tal especie. Un viaje que incluye otro viaje: la migración, en barco, de unas cuantas Solenopsis invicta desde Brasil hasta los Estados Unidos, la cual marcó un precedente importante respecto a los debates sobre “especies invasoras”, sobre la posibilidad del humor geopolítico y sobre la agencia revolucionaria de la hormiga de fuego. Debo decir, lectoras y lectores, que las dos últimas son solamente especulaciones.
Ahora bien, uno de los relatos más fantásticos sobre la hormiga en cuestión es que su “reina” potencial, una vez ha acumulado una ingente cantidad de energía debido a su alimentación diferencial desde que es larva y que, entre otras cosas, le permite desarrollar alas, sale de su hormiguero para efectuar un único vuelo nupcial “que realiza en cuestión de minutos a una altura cercana a 100 metros” (Blanco, 2017, p. 44). En términos humanos y dada la diferencia de volumen entre ellas y nosotros, nos subrayará el autor, esos 100 metros de altura equivaldrían a 400.000 kilómetros, es decir, a algunos kilómetros más que los 384.400 que hay de la Tierra a la luna, ¡Vaya vuelo nupcial! La reina potencial, además, copulará con varios machos en tal vuelo y conseguirá el esperma necesario para su vida, que será de unos 7 años y que guardará en su espermateca.
Varias cosas me suceden cuando traduzco en imagen a esa hormiga levantando el vuelo. Claro está, asombro, pero un asombro que está también marcado por la equivalencia que sugiere el autor. Que una hormiga que apenas mida unos milímetros levante vuelo a cien metros me plantea un problema de abstracción inusitado que parece salvaguardarse en la conversión de volumen respecto a un mamífero bípedo. Sin embargo, lo difícilmente imaginable se convierte directamente en inimaginable. En mi experiencia personal solo he estado a 10.000 metros de altura, es decir, a 10 kilómetros por encima del nivel del mar. Por tanto, además del asombro y de la imposibilidad de imaginar con algún criterio de realidad, empiezo a considerar que “se trata de multiplicar mundos, no de reducirlos a los nuestros” (Despret, 2022, p. 36).
Edward O. Wilson en su libro Biofilia. El amor a la naturaleza o aquello que nos hace humanos, publicado por primera vez en 1984, nos habla de la hormiga Atta cephalotes, también llamada saúva, zompopo y hormiga arriera. Ella, como al menos otras 45 especies de hormigas, es cortadora de hojas y, como al menos 200 especies, es cultivadora de hongos. Wilson se encontró con cientos de miles de ellas en la Amazonía y, en su libro, pudo describir de manera cautivadora lo que observó esa primera noche:
Al atardecer de aquel primer día en el campamento, cuando la luz descendía hasta el punto donde cuesta identificar objetos pequeños en el suelo, las primeras hormigas obreras se acercaron con determinación desde la selva. Eran de color teja, de poco más de medio centímetro de longitud, y estaban provistas de unas espinas cortas y afiladas. Al cabo de unos minutos, varios cientos de ellas formaban dos filas irregulares que pasaban por ambos lados del techado de las hamacas. Corrían en casi línea recta por el claro y escudriñaban el terreno […] Una hora más tarde, el reguero ya formaba dos ríos gemelos de decenas de miles de hormigas en columnas de diez o más, visibles bajo la luz de la linterna. (Wilson, 2021, p. 53-54)
Uno de los objetivos de tales hormigas era un árbol florido. Ellas, nos relata Wilson, subían por el tronco, cortaban con sus mandíbulas las hojas y las flores y descendían con pedacitos vegetales “como pequeños parasoles” (p. 54). En términos de equivalencia con humanos, y al igual que con la hormiga roja de fuego, tales hormigas caminarían a una velocidad de veinticinco kilómetros por hora con una carga de 340 kilos sobre su cabeza. Y no solo una vez cada noche puesto que la maratón se repite una y otra vez.
De nuevo asombro, un poco cargado de frustración de especie, de anti-excepcionalidad humana. Pero también un ánimo fabulatorio respecto a pensar en el número de hormigas desplazándose hacia puntos comunes. Pienso más en sus acuerdos previos que en su eficiencia y disciplina. Pienso en las investigaciones citadas por Wilson en su libro, especialmente las relativas a por qué se guían las hormigas. Pues bien, “las hormigas se guían por una secreción vertida al suelo a través de su aguijón” (p. 55); sin embargo, no es un “rastro líquido en el suelo” lo que las guía, sino “una nube de moléculas” (p. 56) y son sus antenas, los órganos de aquellas y las células conductoras de impulsos las que permiten la guía colectiva en dirección, en este caso, al árbol florido. Dirá bellamente Wilson: “Los seres humanos vivimos en un mundo visual y sonoro, pero los insectos sociales sobreviven sobre todo gracias al olor y al tacto. En pocas palabras, nosotros somos audiovisuales y ellos son químicos” (p. 56).
Habría que reconocer que el mundo visual y sonoro en el que vivimos es pobremente perceptible y también dista de la posibilidad de ser homogéneo dentro de la especie. Nos perdemos, por ejemplo, de todo ultrasonido, por tanto, de toda algarabía o sinfonía de los murciélagos. Ahora bien, habría que pensar en que, como animales, también somos químicos. Pienso en los neurotransmisores (dopamina, serotonina, adrenalina), en los neuropéptidos (oxitocina, endorfinas), y en las hormonas (cortisol, melatonina, estrógenos, testosterona) y, sin querer ingresar a un debate de señalamiento sobre diversos tipos de determinismos o reduccionismos (escribí “animales” y no “seres humanos”), somos química, también epigenética y también plasticidad. Incluso las plantas se comportan y ostentan sistemas complejos de comunicación química y eléctrica.
En su libro El futuro es vegetal, Stefano Mancuso propondrá, respecto a las hormigas, una excepcional deriva. Para ello, nos recordará el debate entre Charles Darwin y Federico Delphino en el siglo XIX con respecto a la función, otrora misteriosa, del néctar extrafloral de muchas especies de plantas. Entre producto residual, por un lado, y atractor de insectos, por el otro, el debate se inclinó a favor de Delphino, quien expuso un bello motivo: la mirmecofilia. “¿En qué consiste? Se refiere a las plantas […] que utilizan el néctar extrafloral para atraer a las hormigas, de las que obtienen a cambio una defensa activa frente a otros insectos o depredadores en general” (Mancuso, 2021, p. 109-110). Plantas, entonces, amigas de las hormigas.
En el caso del género Acacia, nos relatará Mancuso, algunas de sus especies “producen frutos específicos para alimentar a las hormigas y les proporcionan espacios en el interior de la estructura del árbol donde éstas pueden vivir y criar sus larvas” (2021, p. 110); además de ofrecerles su néctar extrafloral. Ahora bien, ¿qué ofrecen a cambio las hormigas?:
No solo mantienen a raya a otros insectos que pudieran tener la descabellada idea de acercarse al árbol, sino que atacan con gran vehemencia también a animales de tamaño millones de veces mayor al suyo, de suerte que no es extraño ver a las hormigas morder, hasta hacerlos desistir, a herbívoros de las dimensiones de un elefante o una jirafa. Pero la defensa activa de las hormigas no se limita a ahuyentar a los animales, sean del tamaño que sean, sino que va mucho más allá: toda planta que tenga el atrevimiento de asomar del suelo en un radio de varios metros desde la planta huésped es triturada sin piedad. (Mancuso, 2021, p. 111)
Estudios posteriores del néctar extrafloral evidenciaron algo extraordinario: “el néctar no sólo contiene azúcares sino cientos de otros compuestos químicos, entre ellos muchos alcaloides y aminoácidos no proteínicos […]. Estas sustancias ejercen una importante función de control sobre el sistema nervioso de los animales, regulando su excitabilidad neuronal y, por consiguiente, su conducta” (2021, p. 111). La presencia de estas sustancias en el néctar, establece el autor, crean dependencia en las hormigas, además de atraerlas y de controlar su comportamiento. Por tercera vez, asombro. Esta vez por los mundos en relación, por la intensificación de las inferencias posibles, por la espectacularidad de entrar, lentamente, en la complejidad de la simbiosis.
Yo también he observado a las hormigas. Hace unos meses unas cortadoras entraron a la casa donde habito y desde donde escribo. No tengo la menor idea del nombre de la especie a la que pertenecen. Puedo decir que eran pequeñas, aunque no mucho, y negras; digamos que bastante sofisticadas. La primera vez que las vi estaban distribuidas en dos hileras, pero no marchaban, y mucho menos con sincronía marcial. He de admitir que no se les notaba la obreridad: ni artesanas ni asalariadas ni laboriosas, si es que laboriosa implica una suma dificultad. Unas atravesaban el garaje de casa pasando por debajo de la puerta y en dirección al patio, un camino de unos diez metros. Las otras hacían el recorrido inverso y se distinguían por sus enormes capturas vegetales. Fui tras de ellas con mi hija: primero a indagar sobre qué cortaban y luego a investigar hacia donde se dirigían.
He de decir que las hormigas estuvieron unas tres semanas paseando por el jardín en varias direcciones. Mi hija y yo las perdíamos puesto que el pasto cuadruplicaba su tamaño; solamente las veíamos entrar en el intersticial tierra-pasto. A veces podíamos suponerlas en algunos lugares puesto que se manifestaban espectrales trochitas. En algunos lugares, aquellos en los que la lluvia derrotaba la corta vegetación, se veían pasear medio alineadas, titubeantes algunas, férreas otras. Cortaban diferentes plantas del jardín: hojas y flores para dar exactitud. Diré que las hormigas son tremendas en el arte de estar en el envés de las hojas.
Primero fueron por los rosales, hasta acabarlos. Allí, en medio de rosas claras, tocaban sin timidez a los pulgones. Se embriagaban con su azúcar mediante antenuosos tactos. Nunca pudimos ver a una hormiga llevándose un pulgón, tampoco comiéndoselo. Tal vez mi hija y yo nunca tuvimos la paciencia del naturalista. Después de los rosales fueron por las flores del tulipán africano, quienes, tendidas en el suelo, anunciaban la penuria caducifolia de tan gran árbol. Claramente les ahorraba unos buenos metros de escalada; tal vez les anulaba la posibilidad de estar veinte metros sobre la tierra.
Durante el tiempo de nuestro diario de campo-hormiga, ellas se dirigían con los cortes vegetales hacia el mismo lugar: un contador de agua a tres casas de la mía. No todas llevaban cosecha. Muy fortachonas y con prisa, descendían con sus trozos coloridos por una abertura de la tapa del medidor y ascendían desnudas para empezar de nuevo. No estoy segura, tampoco mi hija, si eran las mismas hormigas. No hubo marcaje ni interés en singularidades. Cuando llovía -y esto lo observamos varias veces- las hormigas dejaban los cortes de hojas y de flores en un mismo lugar, a modo de círculo, entre el garaje y el patio; luego desaparecían. No las vi correr o caminar a mayor velocidad. No las vi volar. Tampoco desaparecieron ante mis ojos. Simplemente dejaban de estar cuando llovía. Es importante comentar que la lluvia llegaba de improviso y hacían falta unos minutos para que mi hija y yo recordáramos a las hormigas. Bajábamos corriendo desde el segundo piso, alteradas y expectantes. Solo encontrábamos su huella circular a modo de pequeños parasoles. Eso sí, una vez cesaba la lluvia, volvían por su cosecha. Desconozco si cada hormiga agarraba su cada trozo.
Por varios días mi hija decidió acortarles el camino. Así que ella misma recolectaba flores de tulipán, pastos, hojas de otras plantas, y las dejaba en la mitad del garaje. Allí nos preparábamos para observar. Con las hormigas, al parecer, no se requiere silencio. Son excepcionales, también, en el arte de ignorar humanos observadores. Algunas de ellas, no sé cuáles, parecieron estar de acuerdo con que la recolección requiriera menos metros de camino, así que se aprontaban a fragmentar la cosecha dejada en ese punto. Otras preferían hacer toda la ruta e ignoraban también a la cosecha. En muy pocas horas todo lo recolectado por mi hija desaparecía, a excepción de las hojas secas y los muy frágiles pastos.
Nos dedicamos varios días a observarlas, a intuir sus caminos en medio del pasto y a inferir, por los colores, cuál era la planta que cortaban. También anotábamos las horas de su aparición, tratábamos en vano de contarlas, las fotografiábamos con sus piezas coloridas trepando una pared, agregábamos obstáculos en sus andares. Llegó el día en el que las hormigas, mi hija y yo tuvimos un problema grave, me atrevo a considerar que fue un conflicto aún a costa de no estar de acuerdo con las antropometáforas sociopolíticas. En tan solo una noche cortaron todas las hojas de un Guayacán Amarillo bebé, quien llevaba poco tiempo en tierra y que hacía parte de nuestro imaginario de futuro familiar multiespecie. De allí en adelante todo fue tratar de anular su camino hacia casa mediante esbozos de conocimientos de química orgánica. Admito que parecieron aceptar quedarse en el antejardín con los demás rosales. A ellos no los acabaron. Las seguimos revistiendo de atención durante un tiempo, hasta que desaparecieron de mi casa y del contador.
Si se presta suficiente atención, hay mundos que se manifiestan en muchas partes. Mundos que pueden fabularse, investigarse, acompañarse. Otros pueden observarse colectivamente, como es el caso de los simbiontes (algunos invisibles a los ojos) y los endosimbiontes. Jamás una vaca fue para mí tan excepcional como cuando leí a Lynn Margulis y a Dorion Sagan en ¿Qué es la vida?, libro de imprescindible lectura publicado en 1995; gracias a ellos, a las vacas y a sus microorganismos (bacterias, protozoos, hongos) toda vaca es para mí una multitud y una composición. Su individualidad se me volvió ajena. De hecho, toda individualidad se vuelve ajena ante otra imprescindible lectura: Todos somos líquenes, una visión simbiótica de la vida de Scott Gilbert, Jan Sapp y Alfred Tauber. Y claro, tienen en su texto un fragmento sobre hormigas:
[…] el desarrollo de vertebrados e invertebrados (especialmente desarrollo larval y postembrionario) implica una relación íntima con microbios. En algunos casos la simbiosis puede ser parasitaria, un organismo se beneficia de otro. Por ejemplo, el desarrollo de la mariposa azul europea Maculinea arion requiere que la hembra deje sus huevos en plantas de tomillo. La larva, sin embargo, no se alimenta del tomillo, sino que cae al suelo, en donde produce una mezcla de compuestos volátiles que semejan el olor de la larva de la especie de hormigas Myrmica sabuleti. Las Myrmica patrulleras confunden la larva de la mariposa con las suyas, y la llevan al nido de hormigas. Una vez en el nido junto a las larvas de hormiga, la oruga es alimentada por las obreras y a veces come hormigas jóvenes hasta que está lista para volverse pupa. Lleva su metamorfosis en la colonia de hormigas y emerge como un adulto. (Gilbert et. al, 2021, p. 19)
La mariposa emerge de un sobrio hormiguero, caminando y a la espera de la lenta expansión de sus alas. La Maculinea arion es llamada también La hormiguera de lunares. Esto ya es poesía. Ahora bien, hay casos en donde la relación con lo vivo puede llevarnos a una aventura inusitada y entonces incluso las temporalidades se nos modifican, también el uso de los sentidos. Clemencia, una amiga muy querida y de nombres plurales -como las hormigas-, me contaba cómo en las selvas del Meta escuchaba llegar, en la noche, a las hormigas Yanabe, también llamadas conga: “se les escuchaba chirriar cuando caminaban cerca, la única opción era quedarme absolutamente quieta”. Mi amiga prestaba atención con los oídos en medio de la selva, conocía a través de la escucha y devenía tronco, también roca, para no ser mordida, picada y envenenada. Este conocimiento estuvo dado por los múltiples encuentros que tuvo con ellas, pues fue mordida, picada y envenenada en tres ocasiones distintas. El dolor, me aseveró, “ardía como candela” y era peor que una picadura de avispa, insecto que también se encontró con su piel. Sus historias con hormigas arrieras y con hormigas majiña son maravillosas. Estas últimas, absolutamente pequeñas (de 1.5 mm), le saltaban a su cuerpo desde los árboles o desde los bejucos si es que iba por la orilla del río. No saltaban dos o tres, a las majiña les daba por caer en abundante número. La necesidad imperiosa, por tanto, era la desnudez.
Según la descripción de mi amiga, las hormigas majiña son las Wasmannia auropunctata y las Yanabe son las Paraponera clavata. Estas últimas, además de conga, son llamadas hormiga bala. Imaginarán las y los lectores que su nombre se debe al dolor provocado por su mordida/picadura. Estas hormigas son utilizadas por algunos pueblos amazónicos en rituales de iniciación. Sin embargo, será la Neoponera laevigata, también llamada Yanabe, a la que se le considera hormiga sagrada por la etnia Piaroa en el Vichada. Estas hormigas son usadas para “liberar la enfermedad y el cansancio en el cuerpo” como lo expresa Fabio Fuentes Pérez, líder comunitario de San Luis de Zama. El rastreo y seguimiento a las hormigas, su caza en los nidos, el tejido de cada una de ellas a ramas secas a modo de látigo múltiple y el saber/hacer del médico tradicional, indican una relación ritual interespecífica, una alianza temporal entre especies, una suerte de apertura radical de un ser vivo (humano) respecto a otro ser vivo (hormiga) y a todos los demás microorganismos.
Un modo de existencia, hormiga, una palabra, hormiga, es un mundo hormiga. Una clasificación taxonómica que permite claridades es, también, un relacionamiento constante, una composición, una multitud; una clasificación también es una incompletud pues siempre ignoraremos, aunque cambiemos las preguntas. Un mundo hormiga es un mundo hormiga mundo, a veces acacia, tulipán, rosal; otras veces lluvia, temperatura, humedad. También infancias humanas que observan de cerca e infancias mariposa que nacen en hormigueros. Sin duda mi amiga Clemencia, evocándolas y queriendo contarme con la prisa de mi propia ansiedad. Asimismo, las narrativas de la difusión científica, los pueblos amazónicos, los microorganismos en la panza de la Yanabe y, siempre, la indiscutible mitocondria en nuestras células eucariotas.
Obstinarnos ecológicamente mediante observaciones colectivas y mutuas es, entonces, una apertura radical a la vida, una invitación a la co-habitancia, al respeto por las existencias otras. Esta obstinación, este tratar de observar las relaciones visibles o invisibles, aún con los oídos, aún con todo el cuerpo, es una práctica fundamental para los mundos humanos, muchos de los cuales se empecinan en ser agentes de arrasamiento y de destrucción masiva: ya no solo de los mundos, sino, concretamente, del planeta entero.
¡No más fascismo!
Bibliografía
Blanco, C. A. (2017). La hormiga de fuego invicta. Biología, ecología, impacto económico y ambiental. Fondo de Cultura Económica.
Despret, V. (2022). Habitar como un pájaro. Modos de hacer y de pensar los territorios. Editorial Cactus.
Diccionario latín-español, español-latín. (s. f.). Entrada “observare”. VOX.
Gilbert, S., Sapp, J., Tauber, A. (2021). Todos somos líquenes. Una visión simbiótica de la vida. Hifas editoriales.
La Silla Vacía (2026). Ritual de hormigas Yanabe de la etnia piaroa en Vichada, Amazonía [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=m_dLDhDLsIQ
Mancuso, S. (2017). El futuro es vegetal. Galaxia Gutenberg.
Morizot, B. (2023). El rastreador. Errata naturae.
Wilson, E. O. (2021). Biofilia. El amor a la naturaleza o aquello que nos hace humanos. Errata naturae.
1 Filósofa. Magistra en Estudios Latinoamericanos. Docente de la Maestría en Ecología Humana y Saberes Ambientales. Universidad de Caldas. E-mail: natalia.agudelo@ucaldas.edu.co
Para citar este artículo: Agudelo-Sepúlveda, N. (2025). Obstinación
ecológica: sobre hormigas y observaciones. Revista
Luna Azul, (62), 1-9. https://doi.org/10.17151/luaz.2026.62.1
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