El mito del progreso y la búsqueda de
sentido en el animal humano
Recibido:
18/05/2025 Aceptado: 10/08/2025 Actualizado: 17/12/2025
DOI: 10.17151/luaz.2025.61.7
Resumen
Este artículo propone una breve conceptualización sobre la categoría de mito entendido como una narrativa que otorga sentido al animal humano, enfocándose en el mito del progreso, un mito moderno hijo de la religión cristiana, renovado hoy por la fe incontrovertible en una parte de la experimentación científica, en el avance técnico y en la mejora constante de los asuntos humanos. Se analiza críticamente la creencia en un progreso ascendente y sus supuestos beneficios, situando la discusión en el debate contemporáneo sobre el impacto humano en el planeta.
Esta reflexión se deriva de una investigación que se sujeta al objetivo central de la tesis de maestría3, sustentado en reconocer aquel efecto del progreso en aspectos referidos a la actuación de la especie como conjunto, a la conducta de los sujetos sometidos a este dañino mito y, en especial, a entender cómo la mitología del progreso configura una fe ilustrada, un relato moderno en el que el ideal de perfeccionamiento de los asuntos humanos se ha encarnado en el empeoramiento de las relaciones humanas y de la especie misma con el planeta.
En cuanto al componente metodológico, la investigación se desarrolló desde un enfoque cualitativo y las herramientas de la metasíntesis, donde las investigaciones consultadas (estudios teóricos, de caso, antecedentes) se tratan como datos o fuentes primarias, obteniendo como resultado nuevos niveles de análisis teórico.
Los resultados se resumen en un abordaje de los términos y conceptos de la teoría poscrítica asociados al progreso humano, donde el humanismo se constituye en correlato moderno del mito que sostiene a su vez al antropocentrismo, al afán de autotrascendencia de humanos singulares y de la especie, al dualismo ontológico y a la más descarada destrucción de las actuales manifestaciones de la Vida en Gaia, dirigidos en conjunto al sostenimiento de una humanidad en reproducción, consumista y desquiciada por un sueño de futuro brillante y de éxito sin freno. La conclusión más relevante de este artículo gira en torno a que las narrativas y desarrollos del mito del progreso lo posicionan como un vehículo de conocimiento que otorga sentido al actuar humano, para lo cual se satiriza y vulgariza la teleología y el excepcionalismo antropocéntrico humanista de raíces bíblicas y algunos de sus impactos sobre la especie, desde su supuesta unicidad y desde su relación con todas aquellas con las que cohabitamos el planeta.
Palabras clave: antropocentrismo, excepcionalismo humano, humanismo, mito, progreso.
The myth of progress and the search for
meaning in the human animal
Abstract
This article proposes a brief conceptualization of the category of myth understood as a narrative that gives meaning to the human animal, focusing on the myth of progress, a modern myth born of the Christian religion, renewed today by an unshakeable faith in scientific experimentation, technical advancement, and the constant improvement of human affairs. It critically analyzes the belief in upward progress and its supposed benefits, placing the discussion within the contemporary debate on human impact on the planet.
This reflection stems from research that is subject to the central objective of the master's thesis, based on recognizing the effect of progress on aspects related to the behavior of the species as a whole, the behavior of individuals subjected to this harmful myth, and, in particular, to understanding how the mythology of progress shapes an enlightened faith, a modern narrative in which the ideal of perfecting human affairs has been embodied in the worsening of human relations and of the species itself with the planet.
In terms of methodology, the research was conducted using a qualitative approach and meta-synthesis tools, whereby the research consulted (theoretical studies, case studies, background information) was treated as primary data or sources, resulting in new levels of theoretical analysis.
The results are summarized in an approach to the terms and concepts of postcritical theory associated with human progress, where humanism constitutes a modern correlate of the myth that in turn sustains anthropocentrism, the desire for self-transcendence of individual humans and the species, ontological dualism, and the most blatant destruction of the current manifestations of Life on Gaia, all aimed at sustaining a humanity that is reproductive, consumerist, and deranged by a dream of a bright future and unbridled success. The most relevant conclusion of this article revolves around the fact that the narratives and developments of the myth of progress position it as a vehicle of knowledge that gives meaning to human action, for which teleology and anthropocentric humanist exceptionalism with biblical roots and some of their impacts on the species are satirized and vulgarized, from their supposed uniqueness and from their relationship with all those with whom we cohabit the planet.
Keywords: anthropocentrism, humanism, human exceptionalism, myth, progress.
Introducción
El artículo se sustenta en la necesidad de producir estudios teóricos que traten el problema ecofilosófico del progreso como mito, cuya narrativa sostiene, en las sociedades modernas, el ideal de mejora constante y de supuesta evolución gradual de los asuntos políticos, económicos y sociales de las instituciones y la experiencia humana. Dicha narrativa progresivista busca trasladar el crecimiento y avance, gradual y acumulativo, del conocimiento científico a la accidentada y siempre reversible experiencia moral, política y ética de la especie, la cual no sigue un patrón ordenado de expresión y, menos aún, acumulaciones ascendentes de bienestar y crecimiento en la experiencia descrita. Lo anterior se hace evidente en el estado actual del mundo en el que el imperialismo, los autoritarismos, el genocidio y la tortura, considerados atavismos del pasado, vuelven arropados por la trata de seres humanos, las migraciones internacionales por hambre, la deportación y vejación de migrantes, la limpieza étnica, el pillaje y el agotamiento de los ecosistemas y biomas del planeta.
Por consiguiente, este escrito alerta acerca de cómo el progreso moviliza los más descabellados sueños y aspiraciones de trascendencia del animal humano (no todos los humanos), situado en un pedestal ilusorio de excepcionalismo especista, desde donde se empeña en el avance sin límites en una biosfera limitada y dañada por la aceleración de las fuerzas productivas y la estrategia colonizadora de la Naturaleza.
Por su parte, y ya que las críticas teóricas a esta historia de avance lineal y de única vía en la experiencia humana, heredera del cristianismo y del humanismo ilustrado, son marginales en las ciencias sociales estándar, este escrito se trazó como tarea, como objetivo derivado del trabajo de maestría, desinstalar y satirizar al progreso como meta y modelo a seguir por las sociedades, resaltando las dañinas consecuencias que el avance irrefrenable y la modernización social han traído a la Vida del planeta y a los grupos humanos sometidos al influjo del mito humanista.
Es así que para alcanzar los resultados de la investigación que sustenta este estudio, se optó por un análisis pormenorizado de la teoría de John Gray, filósofo, escritor y politólogo inglés, en la que reflexiona sobre el impacto del animal humano sobre la biosfera, los orígenes y expresiones de los sistemas de gobierno y estado modernos (religiones políticas) y, como consecuencia, la relación intrínseca entre la mitología cristiana y el ideal de progreso moderno, entendido como un mito, que con su narrativa e historias se configura en vehículo de saber y conocimiento para llevar a cabo los más variados proyectos humanos de reforma.
La orientación poscrítica del autor, aunada a la de algunos referentes epocales anteriores que versaron sobre el ideal progresivista moderno, como Jhon Bury, permitieron la producción sistemática de conocimiento, desde el sustento teórico y desde un sistema de pensamiento sólido y prolijo (corrientes poscríticas) que ha criticado el antropocentrismo especista, la búsqueda de un futuro de aceleración de la flecha unidireccional de una historia moderna singular, con pretensión de universalidad, basada en el dualismo ontológico, así como del humanismo propio de las teorías de reforma y modernización, quienes aunados a un fe en una parte de la ciencia que catapulta la infértil trascendencia del ser humano, han engendrado ensayos distópicos, teocráticos, liberales e hiperliberales de fuerte asiento antropofuguista, tecnomoderno y cienciolátrico. Estos lances del progreso, cuyos cimientos son la religión y el nacionalismo, definen el experimento sin control en que se encuentra el “mundo”, despeñado en el colapso ecosocial planetario resultante de la aceleración de las fuerzas productivas y de la reproducción de los sesgos y disonancias de los grupos humanos enfrascados en conflictos endémicos.
Materiales y método
Las técnicas utilizadas para el levantamiento y análisis de información se refieren a las de inferencia normal del método cualitativo y a su particular metodología de metasíntesis cualitativa que privilegia la contrastación constante de datos, su codificación y la producción sistemática de conocimiento resultante. En este orden, fueron tres los procedimientos aplicados en este estudio: 1) el análisis documental a profundidad de información de carácter empírico -datos primarios- referido a los estudios sobre el progreso y el progreso como mito; 2) la triangulación de las fuentes empíricas con el discurso y campo de los estudios poscríticos, que facilitaron el reconocimiento de los impactos del animal humano en el planeta; y 3) la obtención de hallazgos y la construcción teórica resultante desde una lectura indisciplinada de las aplicaciones del progreso, como proceso en marcha que desdobla su narrativa desde el discurso del desarrollo, el avance técnico-científico constante y la modernización de las instituciones sociales.
La mixtura de herramientas y las ventajas del método mismo permitieron el tratamiento nuevo de categorías, así como la interrelación entre componentes operacionales de las mismas, donde cada afirmación de este artículo y de la tesis, se sujetan a la realidad descrita acerca del progreso como mito moderno. Así entonces, los datos de estudios precedentes y derivados de las teorías revisadas ayudaron a confirmar las intuiciones iniciales plasmadas en los objetivos propuestos por la investigación base, alcanzándose una producción sistemática de conocimiento que puede aportar a la apertura de nuevas líneas de investigación en ciencias híbridas y en los estudios de posgrado.
Resultados y discusión
“La palabra humanismo puede tener muchos significados, pero para nosotros significa creencia en el progreso. Creer en el progreso es creer que si usamos los nuevos poderes que nos ha dado el creciente conocimiento científico los seres humanos nos podemos liberar de los límites que circunscriben las vidas de otros animales. Ésa es la esperanza de prácticamente todo el mundo en la actualidad; sin embargo, carece de fundamento. Y es que, si bien es muy probable que el saber humano continúe creciendo (y con él, el poder humano) el animal humano seguirá siendo el mismo: una especie con una gran inventiva que es también una de las más depredadoras y destructivas”.
– John Gray (2008, p. 16)
Definiciones de mito y del progreso como
mito
Desde ahora se advierte que aquí no se utilizará la definición de mito propia de la antropología estructuralista u otras corrientes que han estudiado la mitología de los pueblos ágrafos. Esta definición se refiere, como lo mencionó en su tiempo Claude Levi-Strauss, a “aquella historia del tiempo en el que los humanos y los animales todavía no eran diferentes” (Levi-Strauss y Éribon, D. 1990, p.191). Si bien se consideran definiciones que conciben al mito, simplemente, como una narrativa y un vehículo de conocimiento humano, no se pierde de vista que hoy, en pleno siglo XXI, más que nunca en la historia humana, en su ética y en su política, existe una relación inseparable entre las ideas morales y sus sistemas de creencias y los desarrollos económicos, la concepción ecológica o antiecológica sobre el planeta propia de los grupos humanos, las cosmovisiones modernas, no modernas o antimodernas, y con los planes y programas futuros de reforma social en marcha.
Los mitos antiguos y modernos evidencian las ontologías extractivas y de acumulación, o en cambio, las ontologías relacionales y políticas “del lugar”, generando el asentamiento de valores y convenciones en las teocracias, en las democracias y en las autarquías que se entremezclan en una “guerra de divinidades” que hoy gobierna el juego geopolítico y el espectro de conflictos y negociaciones de los colectivos humanos.
Tampoco se pretende negar que muchos de los mitos, hoy vigentes, conservan una enunciación y consideración con los demás vivientes no humanos desde un espectro que va de la narrativa del progreso y su extractivismo, a prácticas biocéntricas y de ausencia de excepcionalismo especista, mitologías de igualdad y paridad entre todos los vivientes del planeta.
El uso coloquial de la palabra mito y su vulgarización, también se asocia, como menciona Gray (2013), a aquellos relatos que no reflejan realidades tangibles, menos aún comprobaciones científicas, sino historias y narraciones que se basan en creencias ciegas, las que a pesar de ser refutadas por la experimentación o la experiencia histórica, siguen reproduciendo doctrinas y guiones de conducta fanáticos, pensamiento mágico, nacionalismos, etnocentrismos, negacionismos y supramacismos especistas y de destrucción de otras ontologías y sus creyentes, considerados por la unicidad y la pretensión de universalismo del progreso, como infieles, pecaminosos o desviados, como no humanos. El ejemplo más palmario es el genocidio de pueblos y las guerras de religión propias del judeocristianismo. Su actualización se realiza hoy desde los nuevos leviatanes, estados iliberales, corporativos, y fanáticos religiosos militantes, que han ocupado y anexionado a la Palestina Gazatí y Cisjordana desde el sionismo racista israelí, quien considera que se libra una batalla del bien sobre el mal, de humanos elegidos sobre exhumanos en las supuestas tierras santas y, según su dogma, es preludio de tiempos apocalípticos.
Hacia una definición del mito
El mito puede entenderse entonces como una forma poética o metafórica de transmisión y asentamiento de valores sociales, de orientaciones que crean guiones de conducta acerca de lo que debe o no hacerse en el juego de las relaciones interhumanas y en las de los humanos con el resto de los vivientes no humanos. También proyecta formas de comprensión sobre un fenómeno o sobre las tramas complejas de ensamblaje e hibridación de lo vivo, lo no vivo y lo sobrenatural, desencadenando la formación de significados vitales para quienes se apropian de sus narraciones. El mito se expresa en sentimientos, emociones, convenciones, normas de comportamiento y mandatos que son correctos o incorrectos de acuerdo a aquello que –por transmisión oral, escrita, por discursos y narrativas– haya quedado fijado en la conducta humana desde las doctrinas, ideologías, credos, teorías y cosmologías que vehiculan dichos fundamentos.
Todos los mitos tienen, por ello, la cualidad de que se expresan en historias, ya sean orales o escritas, que conducen orientaciones morales y éticas, códigos económicos, políticos y ecológicos.
El mito interviene en los imperativos vitales de los colectivos humanos: la muerte -propia, ajena, de los otros seres, del universo –la vida orgánica, colectiva y de los no humanos –, el parentesco –en las comunidades, en relación con los otros homos y los demás sintientes–, en la reproducción –también propia, ajena y de las demás criaturas– y la supervivencia –reproducción de los medios materiales para perdurar y dejar descendencia humana en codependencia con la biosfera terrestre. Todos, ámbitos imperativos biológicos de cualquier colectivo o individuo.
Algunos autores como Gray (2013) han considerado que solo gracias al mito se pueden guardar en la memoria de la especie o sus pueblos asuntos que se consideran verdades inamovibles e irrefutables y que, de otro modo, se perderían para siempre. Todos los mitos buscan perpetuar las concepciones, teorías y sistemas de pensamiento sobre los ámbitos estructurales enunciados, propios de la experiencia más íntima del animal humano. Son narrativas de larga duración, de ahí surge el poder de sus influencias y la dificultad de salirse de sus revelaciones, de pensar y hacer de otra forma. Así, el mito es fuente y recipiente de sentido para quienes lo aceptan, reproduciendo, como se mencionó anteriormente, conductas morales, políticas y éticas que, a su vez, se constituyen en acciones profundamente personales que replican el saber y las verdades develadas.
Pero ningún mito es un universal, es una estructura narrativa, metafórica, o una alegoría referida a una historia tradicional o consuetudinaria propia y singular de las cosmovisiones de los distintos grupos humanos y, se conforman, como se ha dicho, en vehículo de saber y conocimiento, resultante de las más variadas interpretaciones ficcionales, precientíficas o científicas, mágicas o naturalistas, acerca del funcionamiento del cosmos, de la biosfera, del origen de la especie y de la vida, como también de los fundamentos de la experiencia humana.
El mito es creado y reproducido por parte de un pueblo, una sociedad, un colectivo, un individuo. Es generador y reproductor de significado y da vida a las vidas de quienes lo comparten, dando propósito a las acciones grupales e individuales. Se sustenta en principios de conducta, máximas de vida, verdades, ideales de corte político-social, naturalistas, o religiosos. Se soporta además en los insuperables sesgos y disonancias cognitivas, en el don del autoengaño, propio y universal de la especie. Los mitos dan como resultado éticas diversas, reproduciendo imaginarios, discursos y representaciones de corta o larga duración histórica. Puede tener pretensión de universalidad y totalidad o, por el contrario, localización y singularidad en la interpretación de las naturalezas internas del ser humano, así como del funcionamiento del planeta y del cosmos, basados en la creencia o en los resultados de la conversión de observaciones y experimentaciones en conceptos humanos.
Algunos mitos, como el humanista bíblico, son contradictorios e ilusorios en sus fundamentos e interpretaciones, ya que al partir de la imaginación y la inmaterialidad como modo de interpretar asuntos materiales referidos a la reproducción sexual, la salud y la enfermedad, el parentesco, el poder, la vida orgánica y la muerte, entre otros, desembocan en sistemas de pensamiento y acción que determinan las experiencias colectivas e individuales de los agregados, a través de la creación de comunidades de dogma que asientan el supremacismo especista y los valores antropocéntricos fuertes en su estructura doctrinaria desde el subterfugio de la salvación universal del pecado.
El cristianismo enseñó a sus conversos a pensar en la historia como la evolución de un único argumento, un drama moral de pecado y redención. En el mundo antiguo no existía tal argumento, sólo una multitud de historias que se repiten para siempre (Gray, 2013, p. 27).
Así, la jerga progresista puede caracterizarse por creencias laicas, teleológicas, apocalípticas, antropófugas y tecnofuturistas, que se conforman en narrativas de redención y salvación en el más acá o en el más allá, donde el progreso lineal terrenal o la promesa de una vida después de la vida buscan pretensión de ley universal. Según Gray (2008):
Actualmente, para la gran masa de la humanidad, la ciencia y la tecnología encarnan «el milagro, el misterio y la autoridad». La ciencia promete la realización de las fantasías humanas más antiguas. Se pondrá fin a la enfermedad y al envejecimiento; ya no habrá escasez ni pobreza; la especie se volverá inmortal. Como el cristianismo en épocas pasadas, el moderno culto a la ciencia sobrevive alimentado por la esperanza de milagros. Pero creer que la ciencia puede transformar el destino humano es creer en la magia. El tiempo confronta las ilusiones del humanismo con la propia realidad; una humanidad precaria, desquiciada, todavía por liberar. Aunque haga disminuir la pobreza y paliar la enfermedad, la ciencia seguirá siendo utilizada para retinar la tiranía y perfeccionar el arte de la guerra (p. 126).
Por el contrario, algunos mitos no modernos no conciben la universalidad de sus creencias y tampoco direccionan la experiencia humana hacia un fin último, hacia la inmortalidad o la infinitud de la vida colectiva e individual. Más bien reconocen la metamorfosis constante de los procesos vitales y de los seres existentes en el planeta, marcando tendencias naturalistas, materialistas o de comprensión cíclica de la trama de la Vida, la historia humana y su experiencia diversa desde la multiplicidad de los particulares sistemas de comprensión.
Cuando no obedecen al supremacismo-antropocéntrico-occidental-moderno-optimista-ilustrado, los mitos pueden configurar otros sistemas de pensamiento que, encarnados en el saber del chamán o del científico, permiten concretar ideas que no revela la ciencia conocida en un momento histórico, las que luego de ser reveladas en sucesiones epocales de saberes, confirman las intuiciones de los videntes ontológicos. Así, es innegable reconocer que las prácticas animistas, las narrativas naturalistas y las ontologías fabulatorias han revelado complejos ensamblajes de la trama de la vida que la ciencia desechó en su momento por considerar ilusorias o que, al no pertenecer a comunidades de pensadores estándar avalados por el filtro de la objetividad, fueron proscritas como metafísica ramplona y como alucinaciones sin piso.
Los objetos de saber ideados desde filosofías especulativas o desde narrativas no modernas –antiguas y recientes– muestran caminos divergentes que el conocimiento, muy a pesar de él mismo, debe reconocer como parte de la complejidad, la cual evidencia vínculos entre la teoría evolutiva, las neurociencias, las ciencias ecológicas, las ontologías otras y el saber científico no estructurado en el sistema de la ciencia convencional.
La siguiente cita es ilustrativa de la guerra entre mitos:
Como bien muestra el modelo del «mundo de las margaritas», la hipótesis Gaia es coherente con la más estricta ortodoxia científica. A pesar de esto, la hostilidad de los fundamentalistas científicos hacia ella tiene su justificación. En el fondo, el conflicto entre la teoría Gaia y la ortodoxia actual no es una controversia científica. Es un choque de mitos: uno formado por el cristianismo y el otro, por un credo mucho más antiguo. La teoría Gaia restablece el vínculo entre los seres humanos y el resto de la naturaleza que ya afirmaba la religión primordial de la humanidad: el animismo. En los cultos monoteístas, Dios es el garante final del sentido de la vida humana. Para Gaia, la vida humana no tiene más sentido que la vida de las amebas […] Pero la idea de Gaia fue ya anticipada con toda claridad en un verso del Tao Te Ching, el texto taoísta más antiguo. En los ritos de la China antigua se empleaban perros de paja como ofrenda a los dioses. Durante el ritual eran tratados con la mayor de las reverencias. Pero una vez que éste había acabado, cuando ya habían dejado de ser necesarios, eran pisoteados y abandonados: «El cielo y la tierra son implacables. Los seres de la creación son para ellos meros perros de paja». Si los seres humanos perturban el equilibrio de la Tierra, serán pisoteados y abandonados. Los críticos de la teoría Gaia dicen rechazarla porque no es científica. La verdad es que la temen y la odian porque significa que los humanos nunca podrán ser otra cosa que perros de paja (Gray, 2008, pp. 42-43).
El progreso como mito
“La hostilidad de los humanistas hacia los mitos es reveladora puesto que si hay algo común en los seres humanos es la propia creación de mitos. Todas las culturas humanas están animadas en cierta medida por un mito, mientras que nada similar tiene lugar entre los otros animales. Los humanistas están también poseídos por mitos, aunque los mitos que los poseen no tienen nada de la belleza o de la sabiduría de aquellos mitos que ellos mismos desprecian. La idea de que los seres humanos pueden utilizar la razón para elevarse sobre el mundo natural, que en Sócrates y Platón formaba parte de la filosofía mística, se ha renovado en una versión embrollada del lenguaje de la evolución”
–Jonh Gray (2013, p. 67)
Si el mito puede entenderse como hasta aquí se ha hecho, como forma poética o metafórica de presentar verdades que, de otro modo, serían inaccesibles al entendimiento humano, se sigue que orienta la acción perdurable de quienes están permeados por su estructura, reproduciendo conductas morales, políticas y éticas que, a su vez, se constituyen en acciones profundamente personales que replican el saber y las verdades develadas por la narrativa.
En este contexto, el progreso se considera como un mito, es decir, una forma de conocimiento, no la única ni menos universal, que se encarna en relatos pseudocientíficos, precientíficos, teístas o seculares. Ahora bien, el mito moderno del progreso se sustenta en la fe humanista ilustrada según la cual los seres humanos podemos determinar nuestro destino a través de sucesivas mejoras individuales y colectivas.
No transcurrió mucho tiempo antes que la expectativa literal del fin se convirtiera en una metáfora de transformación interior. Aun así, se había producido un cambio en lo que se esperaba del futuro. Antes de que el relato cristiano pudiera renovarse a sí mismo adoptando la forma del mito del Progreso, fueron necesarias muchas transmutaciones, pero de ser una sucesión de ciclos como los de las estaciones del año, la historia pasó a ser entendida como un relato de redención y salvación y, en los tiempos modernos la salvación se asimiló al aumento del conocimiento y del poder (Gray, 2013, p. 17).
El mito del progreso se sustenta por defecto en el mito bíblico, en especial, en aquello referido a que el ser humano –hecho a imagen y semejanza de la divinidad– gobierna y domina, es señor y sojuzga al resto de los seres vivientes para cumplir aquella misión en la tierra de crecer y multiplicarse sin importar el daño que medie para lograr la conquista del orbe. En tal sentido, el mito del progreso está anclado al antropocentrismo especista en el cual el ser humano es una entidad superior, diferente y, por supuesto, se encuentra en el centro. El antropocentrismo, así, se constituye en la idea central del excepcionalismo humano.
La tríada progreso, antropocentrismo y excepcionalismo se hace visible en los desarrollos de la ciencia y la tecnología. La extensión acumulativa del conocimiento aplicado a estas últimas esferas proyecta una concepción del mundo basada en la mejora constante. Los procesos de industrialización, el desarrollo de una sociedad termo-fósil-industrial de base técnica, y los descubrimientos y aplicaciones de la medicina, por ejemplo, son los argumentos usados para dictaminar al progreso como una ley invariante para toda la especie humana. Tal mejora constante como idea está también apoyada por el ideal de un futuro armónico y de paz perpetua, la cual podría ser alcanzada –gradualmente– por el uso de la razón instrumental y por el dominio absoluto sobre la naturaleza. Contradice este propósito el siguiente fragmento de Gray:
No necesitamos a Darwin para darnos cuenta de la relación que nos une al resto de animales. Es una conclusión a la que llegamos a poco que observemos nuestras vidas. De todos modos, y dado que la ciencia ostenta actualmente una autoridad con la que la experiencia común no se puede comparar, recordemos que Darwin nos enseña que las especies no son más que conglomerados de genes que interactúan aleatoriamente unos con otros y con sus entornos cambiantes. Las especies no pueden controlar sus destinos. Las especies no existen. Y los seres humanos no son una excepción en ese sentido. Pero siempre se les olvida cuando hablan del «progreso de la humanidad». Han puesto su fe en una abstracción que nadie se tomaría en serio de no ser porque es herencia de antiguas esperanzas cristianas. Si el descubrimiento de Darwin se hubiera realizado en una cultura taoísta, sintoísta, hindú o animista, se habría convertido, con casi toda probabilidad, en una hebra más del tejido mitológico de cada una de ellas. En todos esos credos, los seres humanos y el resto de animales están emparentados. Sin embargo, el hecho de que surgiera entre cristianos que sitúan a los seres humanos más allá de todas las demás cosas vivientes desencadenó una agria controversia que aún colea en nuestros días. En la época victoriana, el conflicto enfrentaba a cristianos contra no creyentes. Hoy, contrapone a los humanistas con una minoría que entiende que los seres humanos no pueden ser más dueños de su destino que cualquier otro animal (Gray, 2008, pp. 15-16).
Es por esto por lo que la tríada enunciada –progreso, antropocentrismo y excepcionalismo– no tiene un sustento científico ni es una teoría comprobada. Esta se presenta como un artículo de fe, es decir, es una creencia ciega. El cristianismo y su mito bíblico han considerado que después del apocalipsis se sucederán eras milenarias de redención y armonía, un futuro mejor que todo pasado conocido. Esta metáfora ha sido apropiada y actualizada por el progreso para comprender la historia y la experiencia humana. A la historia humana, incluyendo su futuro, se le ha comprendido como un camino lineal, ascendente, hacia adelante, perfectible e infinito, en el cual también todo futuro será mejor que un pasado conocido; pasado concebido solamente como acumulación de ruinas.
Desde San Agustín, la vida eterna se transformó en una alegoría de experiencia personal de cambio y redención en este mundo, con lo cual el pensamiento moral postcristiano y el sustento de las acciones individuales y colectivas parecieran seguir pasos sucesivos en el camino hacia un futuro mejor, terreno, donde los males y las penurias serán desterrados para siempre:
El progreso es un proceso de reforma que conduce al cambio social, cambio que resulta del conflicto dado en el tiempo en un contexto de unidad de la raza humana. Es un avance acumulativo material y espiritual del hombre en la tierra. Esta es una concepción de “progreso espiritual” que proviene de los primeros cristianos judíos y de los cristianos griegos. Esta idea de progreso del hombre en la tierra es adjudicada a San Agustín en su obra “La ciudad de Dios”, pues en ella expone por primera vez una concepción de reforma y del cambio social como resultado del conflicto, del fluir del tiempo, de épocas y desfases en la historia de la humanidad; quien, además, por vez primera expone una visión de la unidad de la humanidad (de todas las razas) y de la expectativa de una futura edad de oro. Todo ello, bajo una perspectiva de progreso, de un desarrollo lineal, como avance acumulativo material y espiritual (Castillo Aguirre, 2015, pp. 376-377).
El pensamiento laico que deriva de este credo, que se supone combatido por la secularización ilustrada y “el desencanto del mundo”, buscará en la racionalidad y en la modernización de las instituciones y valores sociales el pretexto para la aceleración de la intervención humana en la vida de colectivos e individuos, y en la tierra misma, desde la búsqueda de una civilización de Paz Perpetua2 y encarnación del Espíritu Absoluto, diseñada a imagen y semejanza de la modernidad, “último refugio de idea de moralidad” (Gray, 2008, p. 172).
Por su parte, para pensadores como Bury (2009), la idea central de la civilización moderna reposa en la figuración escalar del saber, la cual está amparada en la acumulación de conocimiento científico y en el control humano de la naturaleza, por tanto, en la idea de una progresividad. Aunado a lo anterior, esta progresividad solo puede ser utópica. De tal suerte, este autor establece que todas las utopías progresistas modernas conservan ciertos rasgos referidos al tipo de organización política y social propios del proceso civilizatorio occidental ilustrado-optimista que, con el imperialismo y la expansión coloniales de los últimos dos siglos y medio, se preciaron de universales por la autoidentificación de los europeos con una supuesta superioridad racial y cultural, también autocontenida y autorreferente. La fe en el progreso inspiró así los más descabellados ideales contemporáneos: autotrascendencia de la especie, poder ilimitado sobre el medio, supremacía exclusivista humana, progresión de la estrategia colonizadora de la naturaleza y antropocentrismo fuerte de base humanista.
Sin embargo, ni el aumento de conocimiento y poder resultado del desarrollo del humanismo científico y letrado, las compulsiones de economía de libre mercado y la farsa del capitalismo democrático global, como tampoco la modernización realmente existente, de estructural ambivalencia, todas y cada una proyecciones civilizadas, han arrojado como resultado una edad de oro de los humanos con la tierra, tampoco han logrado desterrar la barbarie que le ha seguido a la civilización en todos aquellos momentos en los que la historia se ha puesto en marcha; menos aún ha logrado materializar los sueños e ideales utópicos bienintencionados. Al respecto John Gray afirma:
La búsqueda de un estado de armonía es el rasgo definitorio del pensamiento utópico y el que revela su irrealidad fundamental. Pero el conflicto es un elemento universal de la vida humana. Los seres humanos parecen estar naturalmente destinados a querer cosas incompatibles entre sí: emoción y tranquilidad, libertad y seguridad, la verdad y una imagen del mundo que halague su engreída vanidad (Gray, 2008b, p. 33).
Para la mirada progresista que gobierna hoy el mundo, los desarrollos de la ciencia y la tecnología, los avances en la navegación aérea, marítima y fluvial, el uso de medios de transporte terrestre más eficientes, los desarrollos de la química y la ingeniería se han tomado como representaciones del progreso y del bienestar social. Sin embargo, estos han operado, afanosamente, como instrumentos para la ocupación de territorios, para los procesos genocidas, para los exterminios y militarizaciones, los cuales se han apropiado de los bienes comunes de los habitantes locales, extinguiendo culturas y civilizaciones prósperas a su paso.
En el avance del progreso y su utopía, también, le sigue el sentimiento colonizador de estar del lado correcto de la historia, de que se hace parte de un credo, de una forma civilizada de vida y de una encarnación divina, por tanto, superior, en donde se libra una lucha del bien contra el mal. Esta doctrina se extiende por el mundo entero para el supuesto bien de la humanidad futura.
Como ya se ha dicho entonces, se considera el progreso como un mito también humanista, es decir, una forma de conocimiento que se encarna en saberes pseudocientíficos, precientíficos, teístas o seculares, sin que necesariamente se cumpla la verdad revelada para todos los agrupados bajo su manto de certezas. El bienestar y el futuro brillante que ha prometido la modernización y la doctrina del progreso económico, por ejemplo, no ha dejado más que desigualdades entre los seres humanos y devastación del planeta fruto de una civilización que se asienta en la rapiña de recursos y el sufrimiento colectivo en todos aquellos sitios donde la fe de la civilización se ha hecho incontrovertible, necesaria o ineludible desde los más variados proyectos de ingeniería social, ecocidio, subalternización, racismo, limpieza étnica y búsqueda del estilo de vida opulento.
Por el contrario, para aquellos ungidos por el mito y que creen en su verdad revelada, el sufrimiento y las tragedias humanas y ecológicas globales son pasajeros porque hay una vida más allá de la vida donde todas las penurias desaparecen, o se pueden sustituir los mermados recursos destruidos y las generaciones nuevas pueden corregir los crímenes de la historia al acumular conquistas y avances en política propiciados por el sacrificio terreno de las generaciones precedentes.
Nada más alejado del materialismo científico que el correlato progresivista, ya que el mismo naturalismo ha demostrado los mecanismos de funcionamiento del cosmos y la vida en la tierra desde su autorregulación propia (hipótesis Gaia), sin que medie una entidad sobrenatural que diseñe o gobierne el devenir evolutivo y menos, que sea un proceso teleológico, con premio al final de la historia evolutiva. Alejado aún más de la realidad está el mito en cuanto a los principios entrópicos y ecológicos que hablan de la irreversibilidad de los daños a los ecosistemas y especies producto de cualquier megaproyecto modernizador. Se niega, en asocio, la decreciente disponibilidad de recursos finitos y su insustituibilidad.
Sin embargo, solo en el cortísimo plazo para quienes han ganado con la acumulación de pírricas victorias propias del progreso, la felicidad, la plenitud y la armonía son una imagen de autocomplacencia irrefutable. Mientras que la riqueza y la acumulación serán graduales y ascendentes, otra locura más, inspirada por el mito. La consecuencia de este disparate es ilustrada en Perros de paja de la siguiente forma, como respuesta de Gaia a la “plaga de gentes”, a la Primatemaia Disseminata:
El actual pico en el número de seres humanos puede tocar a su fin por una serie diversa de razones: el cambio climático, las enfermedades de nuevo cuño, los efectos secundarios de la guerra, la espiral descendente en la tasa de nacimientos o la combinación de todos estos factores y de otros todavía desconocidos. Sea lo que sea lo que ocasione su final, nuestra especie es una aberración: [...] Si la plaga humana es realmente tan normal como parece, la curva descendente debería ser un reflejo inverso de la curva de crecimiento poblacional. Esto significa que el grueso del colapso tendrá lugar a lo largo de poco más de cien años y que para el año 2150 la biosfera debería haber recuperado los niveles seguros de población de Homo sapiens previos a la plaga, de entre 500 y 1.000 millones de personas […] Los humanos son como cualquier otro animal de plaga. No pueden destruir la Tierra, pero pueden arruinar fácilmente el medio ambiente que los sostiene. El más probable de los cuatro resultados de Lovelock es una versión modificada del primero de ellos: una en la que la Primatemaia disseminata se cura gracias a un descenso a gran escala en el número de seres humanos (Gray, 2008, p. 29).
El
progreso: asociaciones y aplicaciones
Para hablar del progreso es necesario remitirse a su enunciación desde perspectivas que engloban relaciones con los saberes que han tratado este problema de conocimiento (principalmente la filosofía, la economía y la ecología humana) junto con las respectivas consecuencias prácticas para estas disciplinas y los sistemas de pensamiento que de dichos saberes derivan. Sumergirse en la noción de progreso, es evocar a las premisas de las ciencias biológicas y de la conducta, a la economía, a la teoría política, a la filosofía y a la moral, a la ecología; a cómo estas describen el devenir de lo vivo y de las formaciones humanas. En este intento de relacionar términos constitutivos de la idea de progreso y sus manifestaciones prácticas, se encuentra una mixtura de definiciones y de experiencias propias que llevan a lo que caracteriza también al progreso como narrativa, mito, idea fuerza, materialización y proceso en marcha.
Para empezar, se tendrá que decir que el progreso se asocia con una secuencia temporal (muchas veces espacial) de avance de una determinada acción, conducta o experiencia que, a su vez, se configura en escalas ascendentes, en grados de desarrollo secuenciales y acumulativos. El progreso se asocia a pasos necesarios para llegar de un punto de partida (principio) a uno de llegada (fin), una teleología, asociada también al cumplimiento de un objetivo o, también, al final de un proceso histórico. En otro orden discursivo, la progresión implica inicio y finalización de la medida –aumento o disminución de temperatura, por ejemplo–. En la experiencia social concreta se entiende como el paso de una época histórica a otra, siempre superior. Se hace evidente una relación entre el progreso, los procesos de progresión, lo progresivo y gradual, el ascenso y el ir hacia adelante, hacia más y hacia mejor en cualquier experiencia o suceso.
El paso de la precariedad material a la abundancia, del estado de impureza al de pureza, del pecado a la redención, del malestar al bienestar, del estado inferior al superior del desarrollo de un organismo, de estructuras simples a estructuras complejas en la configuración de un sistema, todos son representaciones del progreso. El progreso se ha asociado, también, con el abandono del pasado y la flecha unidireccional al futuro, el paso de lo primitivo a lo civilizado, del animal al humano.
Ahora bien, el avance del progreso científico, distinto al del mundo moral, político y productivo, es de carácter acumulativo y creciente y, como se sabe, de no mediar catástrofes planetarias, el poder derivado de dicho conocimiento sobre el funcionamiento del cosmos y del planeta, permitirá el ascenso gradual del poder del ser humano sobre la biosfera, un poder ínfimo y limitado, en comparación con el de la compleja y determinante estructura de la ecosfera.
En contraste y como se ha mencionado, los cálculos económicos y el desarrollo de la economía crematística relaciona, como dogma, al progreso con niveles escalares crecientes de la producción de mercancías y servicios, el consumo y la acumulación de riqueza asociados, progreso que, de acuerdo con la ideología del desarrollo, redundaría en mejores e igualmente mayores niveles de bienestar y de calidad de vida para los actores económicos y el conjunto de las sociedades. En contextos delimitados por la flecha del tiempo, por su parte, se considera que las sociedades progresan de lo arcaico, bárbaro, inferior, a lo avanzado, civilizado, superior o complejo, primando indicadores monetarios y de civilización, esta última vista como una secularización (muchas veces teísta) de las instituciones humanas hacia la modernización sin freno.
Entendido el progreso como mito moderno, este se define entonces como una narrativa que asocia los desarrollos progresivos de la ciencia –el avance y la acumulación del conocimiento y el poder a él asociado; las mejoras en la salubridad y la esperanza de vida al nacer, entre otras– con los desarrollos de la economía, la moral y la política, es decir, como si éstas últimas siguieran una ruta idéntica al progreso ascendente del conocimiento técnico-científico. Es así como la moral y la política del animal humano, a las que se añade la economía de mercado, no son posibles de medirse en términos de un punto de partida del que han devenido mejoras sucesivas, sino que retroceden, se estancan y mutan en un juego histórico no direccional, propio de los contingentes conflictos y las construcciones sociales de las “muchas humanidades” existentes.
No hay una medida de mejora para el animal humano en ética y política, ya que ha permanecido casi igual, idéntico en sus emociones, impulsos, intereses, conflictos y deseos contradictorios, desde los más remotos tiempos de consolidación de la especie. Por tanto, es un error fundamental el del mito, considerar que se puede avanzar indefinidamente en mejoras sociales, políticas e históricas como se ha avanzado escaladamente en acumulación de conocimiento y en aplicaciones científicas en las que el progreso sí es un hecho constatable.
Ya en su tiempo, Bury (2009), criticó la visión lineal del progreso así:
[…] el Progreso humano pertenece a la misma categoría de ideas que la Providencia o la inmortalidad personal. Es una idea verdadera o falsa y, a semejanza de aquellas otras, no puede probarse su verdad o falsedad. Creer en ella exige un acto de fe. La idea del Progreso humano es, pues, una teoría que contiene una síntesis del pasado y una previsión del futuro. Se basa en una interpretación de la historia que considera al hombre caminando lentamente -pedetentim progredientes- en una dirección definida y deseable e infiero que este progreso continuará indefinidamente. Ello implica que, al ser «el fin del problema máximo de la Tierra», se llegará a alcanzar algún día una condición de felicidad general, que justificará el proceso total de la civilización, pues, si no, la dirección adoptada no sería la deseable. Pero hay alguna implicación más. Ese proceso debe de ser el resultado necesario de la naturaleza psíquica y social del hombre, no debe hallarse a merced de ninguna voluntad externa, ya que, de no ser así, no existiría la garantía de su continuidad y de su final feliz, y la idea de Progreso se convertiría paulatinamente en la de Providencia. Dado que el tiempo es la condición esencial para la posibilidad de Progreso, es obvio que esta idea carecería de valor si tuviésemos razones convincentes para pensar que el tiempo de que dispone la humanidad llegará a su final en un futuro próximo (Bury, 2009, pp. 17-18).
Ahora bien, pasando al mundo de la política, es un hecho comprobado por la historia que los derechos ganados por las minorías, las reformas y las mejoras en los ámbitos colectivos agenciadas por los movimientos sociales, por las revoluciones y, en general, por las luchas de igualdad, diversidad, y mundo justo, se pierden de manera irremediable, no se acumulan con el paso del tiempo. Los conflictos endémicos, los autoritarismos y el conservadurismo (hoy en marcha), pueden borrar los avances sociales para quienes los conquistaron. Ningún derecho se gana para siempre. En otros muchos casos históricos, como en la colectivización soviética, o en la mutación colombiana de guerrillas agraristas en bandas del crimen organizado, la inspiración de las conquistas y el cambio social revolucionario ha traído en la práctica como consecuencia mediata, una deformación de los ideales y una distopía más cruel que el estado anterior de ausencia de libertades y autoritarismo que se suponía combatido por la socialización de los medios de vida y producción.
En contravía, muchos sistemas sociales ni siquiera han permitido la materialización de las luchas ya que están detentados por representantes ciegos de la ideología teocrática de los valores fundamentalistas y familiares fanáticos (pentecostales, católicos, protestantes en América Latina insertos en la política reaccionaria, cristianismo no convencional de la cristiandad ortodoxa rusa y su fanatismo nacionalista y racista; iglesias no denominacionales que gobiernan hoy a EEUU con su xenofobia, homofobia y vuelta a los valores imperiales de fines del siglo XIX); representantes todos del tráfico mafioso de bienes y personas, esclavitud en los cultos, servidumbre de mujeres y hombres. Lo mismo cabe para las sectas civiles dogmáticas, enmarcados todos juntos (teócratas y laicos) en la reproducción endémica de las violencias sectarias y, en las más variadas ocasiones, promotores de la reproducción del sesgo humano que no busca libertad sino servidumbre voluntaria y, a su vez, promueven los vicios perennes y ordinarios de la especie: crueldad, traición y misantropía, vectores que retinan la perpetuación múltiples injusticias sobre vidas individuales y colectivas.
El crecimiento del saber es real y, además, –de no mediar una catástrofe mundial– actualmente irreversible. Las mejoras en el gobierno y en la sociedad no son menos reales, aunque, en este caso, no son irreversibles, sino temporales. No sólo pueden perderse: se perderán con toda seguridad. El avance del conocimiento nos hace creer que somos diferentes del resto de animales; ahora bien, nuestra historia nos enseña que no lo somos (Gray, 2008, p. 155).
El mito del progreso reproduce entonces, conductas sesgadas y capillismo (pensamiento de rebaño de origen neuropsicológico para toda la especie) en quienes lo aceptan o estamos sometidos a su influjo. Así, el progreso ha devenido en la multiplicación de acciones colectivas, grupales y asociativas –de corte económico, político y religioso– que sustentan el afán ilimitado y universalista de explotación de los recursos y las personas, de estrategias colonizadoras de la biosfera terrestre, de supresión de libertades a los no ungidos, un juego macabro en el que todo aquel que no acepte la autotrascendencia humana por la vía del desarrollo científico-técnico o la ideología del crecimiento económico y los valores ilustrados, también teocráticos, es considerado pecador, alejado de la verdad o traidor de clase, revisionista, hereje, antidesarrollista y anormal para con las convenciones que prometen la búsqueda de un futuro armónico o una Edad de Oro trazada por el tecnoentusiasmo, el tecnofuturismo, la cienciolatría, el capitalismo democrático global y el ideal de avance interminable de la especie.
Así, cuando este mito del excepcionalismo antropocéntrico bíblico-secular gobierna y se expande por el planeta, no hay paridad ni hermandad entre semejantes humanos y menos con la Tierra y sus criaturas.
Por el contrario, la equiparación, la igualdad y la identidad evolutiva entre todo lo vivo y las simbiosis existentes en el planeta, nos alejan de este peligroso dualismo ontológico especista al derribar el pedestal humanocéntrico. Estas posturas han sido defendidas por cosmovisiones y cosmologías no modernas, así como por una parte relegada de la ciencia: la ecología, la neurociencia y sus extensiones, la biología evolutiva, la filosofía especulativa y fabulatoria, el saber del antihumanismo, el poshumanismo y el del antiprogreso.
Volviendo al debate, el mito del progreso reproduce también otros mitos modernos y sus relatos ficcionales, como el de la autotrascendencia de la especie, el del excepcionalismo unicista, el de la cienciolatría y el del humanismo.
Los humanistas de hoy que afirman tener una forma de ver las cosas totalmente secular se mofan del misticismo y de la religión, pero la condición única de los seres humanos es difícil de defender, e incluso de entender cuando no viene acompañada de la idea de la trascendencia. Desde un punto de vista estrictamente naturalista, uno en el que el mundo se entienda en sus propios términos sin referencia a ningún creador o reino espiritual, no hay una jerarquía de valores en la que los seres humanos se encuentren cerca de la cima. Simplemente hay animales variopintos, cada uno de ellos con sus propias necesidades. La unicidad humana es un mito heredado de la religión que los humanistas han reciclado como ciencia (Gray, 2013, p. 66).
La autotrascendencia de la especie, como uno de los mitos hijos menores del progreso, fija sus expectativas en que el ser humano, lo que le permite extender la vida, retardar el envejecimiento o incluso, evitar la muerte. Tal es el caso de la criogénesis. Además de ello, busca curar para siempre las enfermedades por efecto de la aplicación de la ingeniería genética y la imbricación protésica hombre-máquina. Por otro lado, aspira a que el avance tecnológico llegue a desarrollar la posibilidad de que la mente y el yo, otros mitos también menores de la cosmovisión especista, puedan ser trasladados a software o a máquinas inteligentes que conserven inmortalmente el pensamiento de sujetos. Al respecto, Nick Bostrom (2011), uno de los transhumanistas más conocidos, explica lo que significa el Uploading o subida:
Otra tecnología hipotética que tendría impactos revolucionarios es la “subida” (uploading), la transferencia de una mente humana a un ordenador. Esto implica los siguientes pasos: primero, crear una imagen lo suficientemente detallada de un cerebro humano particular, tal vez deconstruyéndolo con nanobots o introduciendo cortes finos de tejido cerebral en potentes microscopios para un análisis automático de imagen. Segundo, de esta imagen, reconstruir la red neuronal que el cerebro desarrolló y combinarla con modelos computacionales de los diferentes tipos de neuronas. Tercero, emular la estructura computacional completa en un poderoso superordenador. Si tiene éxito, el procedimiento desembocaría con la mente original, con la memoria y la personalidad intactas, siendo transferida al ordenador, donde existiría entonces como software y podría, o habitar un cuerpo robótico, o vivir en una realidad virtual. Aunque se piensa a menudo que, bajo las circunstancias adecuadas, la subida sería consciente y la persona original habría sobrevivido a la transferencia al nuevo medio, transhumanistas individuales tienen visiones diferentes sobre estos asuntos filosóficos (Bostrom, 2011, pp. 170-171).
La autotrascendencia de la especie tiene también otro objetivo que, más terrenal y en marcha, tiene que ver con lo que la ecología ha denominado “la huida hacia adelante”, que no es más que la reproducción de errores cada vez mayores, en vez de la rectificación de los iniciales y de los recurrentes, luego de que los hechos han comprobado la falla en las acciones precedentes. En este caso, la especie pretende seguir prosperando como conjunto, desde un experimento sin control como el que despliega el complejo científico-técnico actual y la dirigencia geopolítica, llevando a cabo la devastación ecosistémica y reproduciendo los sistemas de desigualdad social y con la Naturaleza.
Como todo intento de autotrascendencia, este actuar es fallido. Sin embargo, gran parte del desarrollo científico y la aplicación de las técnicas se empeñan en la implementación de megaprocesos extractivos de recursos y en ecocidios que faciliten el mantenimiento en el tiempo de los entornos protésicos para el abastecimiento de una humanidad cada vez más voraz y consumista. Estos proyectos son expansivos e intensivos territorialmente y dirigidos a dar impulso a la flecha del crecimiento demográfico-producción-consumo que solo los mecanismos de autorregulación de Gaia pueden frenar para zafarse de la patología terrestre en la que se ha convertido la humanidad. Sin embargo, es importante precisar una cuestión mayor: para el transhumanismo, la humanidad sería positivamente desplazada. En 1993, Vernor Vinge, escribió: “Dentro de treinta años tendremos los medios tecnológicos para crear inteligencia suprahumana. Poco después, la era humana terminará” (Vinge, 1993 en Bostrom, 2011). Este es el caso de la autotrascendencia de la especie según la hipótesis de la singularidad.
El último de los lances hechos por la ficción de la autotrascendencia tiene que ver con lo que también la ecología ha denominado la “fuga al cosmos”, esperanza encarnada en gobiernos y sociópatas que pretenden la conquista de mundos extraterrestres, donde una especie sea capaz de viajar cerca a la velocidad de la luz y habitar planetas con condiciones similares a las del planeta Tierra. A pesar de que estas ínfulas de engreimiento “extropiano” no son más que imposibilidades físicas, confrontaciones negativas a la técnica posible de desarrollar y limitaciones al gasto energético incalculable que implican estos proyectos antropofuguistas, la investigación de punta se dirige a mapear los recursos minerales y de biomasa terrestre desde las naves, satélites artificiales y estaciones espaciales. Además, a vender a los inocentes creyentes en el viaje y a las estrellas una narrativa que reemplaza la esperanza de salvación en la vida eterna por la de una humanidad endiosada que algún día llegará a gobernar el cosmos y sus procesos.
Del lado del mito de la cienciolatría, hay una importante parte de la ciencia que se convierte en doctrina dogmática que reemplaza la verdad revelada antes por la religión. Este se relaciona con el desarrollo del renglón de la I+D y la alta tecnología (dura y blanda) en escenarios en los que los hallazgos y la experimentación se precian de irrefutables y componentes irremplazables de la mejora y futuro “común” de la humanidad, de una historia “universal”, también irrefutable. Estos son los escenarios:
· Experimentación con células madre y manipulación del material genético (ARN y ADN) que permita el alargamiento de la vida humana y la cura de enfermedades catastróficas e irreversibles.
· Desarrollo de la biotecnología vegetal, humana y de otros animales, bacteriana y fungi para el diseño de clones, híbridos y “especies mejoradas” que permitan mayores rendimientos agrícolas en suelos devastados, adaptación de animales y plantas al cambio climático y a ambientes hostiles por la vía de la transgenia y la fertilización de síntesis, así como la creación de “superhombres” que manifiesten rasgos genotípicos de resistencia y rendimiento físico y “apaguen” genes productores de enfermedad y envejecimiento, o que no manifiesten emociones de empatía o biofilia para su uso en el combate y el exterminio guerrerista.
· Desarrollo de la nanotecnología, especialmente de la nanotecnología molecular, si es que es físicamente posible (Bostrom, 2011).
· Inversiones con presupuestos del erario público y participación de corporaciones transnacionales en el despliegue de la industria de los satélites (civiles y militares) y del armamentismo de Estados y grupos de poder; avances de la industria aeroespacial; desarrollos de la inteligencia artificial y la programación de softwares para la vigilancia y la seguridad de las sociedades; radares y desarrollo de comunicaciones y flotas navales, aéreas y terrestres para la guerra y el expansionismo.
· Desarrollo de la cosmecéutica, la farmacéutica y la industria de alimentos, junto con sectores de la publicidad asociados al diseño de los cuerpos donde se invierten recursos en experimentación de drogas, cosméticos y bienes que alimenten el engreído autoconcepto y potencien el placer: cirugía plástica y estética, drogas para el sexo, calmantes y energizantes, tónicos “retardantes de la edad”, drogas recreativas de diseño, paquetes de entrenamiento y entretenimiento fitness, desarrollos de la industria del vestuario, de la turistificación masiva y de los medios masivos de información quienes, juntos, venden el ideal de lo “bueno, lo justo y lo bello” en la sociedad del espectáculo y del consumo masivo actuales.
· Crecimiento del sector de la ciencia de la reproducción asistida y de la fertilidad: niños de diseño, inseminación artificial y reproducción asistida por alquiler de úteros –gestación subrogada–.
Otro mito más, hijo preferido del progreso, el del humanismo –según el cual los seres humanos son distintos en grado y cualidad en comparación con el resto de los animales y seres vivientes, por tanto, mejores y dotados de mente y razón– soporta los mitos precedentes al prestarle sus hombros a las descabelladas autotrascendencias, que así catapultan sus disparates.
El humanismo considera que no solo los animales humanos son diferentes, sino que, con mejoras sucesivas en ilustración civil y académica, salubridad, apropiación social de la ciencia y formación en los valores modernos del progreso y su fe, los humanos además serán mejores de generación en generación. Por tanto, la ignorancia, los vicios humanos, los sesgos, la penuria serán desterrados, superados, mediante el poder que da el uso de la razón y el conocimiento. De tal manera, los individuos y la especie (a futuro) se harán más morales, más éticos, más correctos políticamente. Será, entonces, el reino del hombre nuevo, del credo de la libertad liberal e hiperliberal, del neoconservadurismo libertariano, del eugenismo racista, de la higiene racial o del progresismo comunista.
La historia y la ciencia demuestran que los seres humanos son, como mucho, parcial e intermitentemente racionales, pero para los humanistas modernos la solución es simple: los humanos serán más razonables en el futuro. Estos entusiastas de la razón no se han dado cuenta de que la idea de que los seres humanos pueden llegar a ser más racionales requiere un acto de fe mayor que la fe que exige cualquier religión. La idea de que Jesús volvió de entre los muertos no es tan contraria a la razón como lo es la idea de que los seres humanos del futuro serán diferentes de lo que siempre han sido, una creencia que requiere una ruptura considerable en el orden de las cosas (Gray, 2013, p. 66).
Es por ello que el poder del mito del progreso, y de ahí la dificultad para pensar una vida buena por fuera de él, está también en que su asunción y reproducción es profundamente personal, como se ha mencionando, llega a las más íntimas sensaciones y emociones de los sujetos, a los sentimientos que mueven sus actos, donde las orientaciones de la acción de aquellos individuos sometidos a su influjo están signadas por un afán de modernización y aceleración de toda la experiencia cotidiana: búsqueda incesante de experiencias nuevas, sin que medie en ellas necesariamente un satisfactor, sino que los medios para alcanzarlas se han convertido en fines. La hiperestimulación visual, la inquietud por mantener los demás sentidos atosigados en derroches de energía que eliminen la insignificancia de la propia vida en la ocupación constante del tiempo y la validación social que este conlleva, signos de buena salud en la época moderna y transmoderna que se habita.
Coincidentemente, el trabajo constante, precario, intermitente, para los más, o incluso el de condiciones seguras, para los menos, las clases adineradas, es el estandarte del humano moderno. Trabajo constante, insatisfacción constante, es el resultado de la oda a una sociedad en la que el ocio es asociado a vagabundaje y donde el hombre productor y proveedor hace que el tiempo sea oro, metáfora que Benjamín Franklin acuñó para promover la religión protestante y su ética intramundana del oficio como forma de agradar a la divinidad, antes supraterrena, hoy estatal-republicana, leviatánica, corporativa, e iliberal.
El progreso desprecia la ociosidad. El trabajo necesario para liberar a la humanidad es ingente. De hecho, es ilimitado, ya que en el momento mismo en que se alcanza un determinado nivel de éxito, empieza a aflorar otro nuevo. Obviamente, no se trata más que de un espejismo. Pero lo peor del progreso no es que sea una mera ilusión: lo peor es que es interminable.
En la mitología griega, Sísifo se esforzaba por empujar una piedra para que rodase hasta la cima de una colina, desde donde volvía a caer rodando ladera abajo. Robert Graves nos cuenta así su historia: “Hasta ahora no ha logrado hacerlo. En cuanto está a punto de alcanzar la cumbre, se ve obligado a retroceder por el peso de la malvada piedra, que vuelve a caer, dando saltos, hasta abajo del todo; y allí, abatido por el cansancio, la recoge y tiene que empezar de nuevo, aunque el sudor baña sus brazos y sus piernas, y una nube de polvo se alza sobre su cabeza” Para los antiguos, el trabajo sin fin era el sello distintivo de un esclavo. Los trabajos de Sísifo son un castigo. Trabajando en aras del progreso nos sometemos a una labor no menos servil (Gray, 2008, p. 193).
Otro fenómeno de la incrustación del mito en el individuo tiene que ver con la moral inmoral que gobierna la acción intersubjetiva del humano del progreso. Esta moral exige que el buen vivir devenga del cumplimiento de mandatos ideales de bondad y autocontención, de amor al prójimo, irrealizables para el animal humano común, sujeto a trastornos de personalidad y conducta, preso de sesgos y víctima de obsesiones y deseos contradictorios con la moral en boga.
En lo que los seres humanos difieren de otros animales, es, en parte, en lo contradictorio de sus instintos. Ansían seguridad, pero se aburren con facilidad; son animales amantes de la paz, pero les corroe el gusanillo de la violencia; se ven arrastrados a pensar, pero, al mismo tiempo, aborrecen y temen el desasosiego que les produce la reflexión. No hay un solo modo de vida en el que puedan ser satisfechas todas esas necesidades. Por fortuna, como la propia historia de la filosofía atestigua, los seres humanos tienen el don del autoengaño y siguen adelante desconocedores de su propia naturaleza.
La moral es una enfermedad específica de los humanos, la vida buena es un refinamiento de las virtudes de los animales. Surgida de nuestras naturalezas animales, la ética no necesita ninguna base; pero se encalla en las contradicciones de nuestras necesidades (Gray, 2008, pp. 118-119).
En correlato, “los seres humanos progresan en condiciones que repudian a la moral” (Gray, 2008, p. 111) y esto es verificable en aquellos momentos donde el sujeto es arrinconado a situaciones que revelan la pérdida de virtudes socráticas y se ven forzados a la sobrevivencia en entornos devastados por las guerras, los autoritarismos, los ultraliberalismos o las hambrunas. No únicamente en estos casos porque, en la “normalidad”, también progresan en contextos hipócritas y de fanatismos grupales. Es así como el arribismo, el acceso a medios tecnológicos de exterminio masivo o el simple placer de infringir dolor, también marcan conductas en las que el animal humano es capaz de exterminar en masa a otros seres humanos cuando el credo, la fe o la convicción convencional a la que se adscribe y lo influencia, se ven amenazadas por “enemigos” imaginarios; tal es el caso del Holocausto, donde personas comunes y corrientes cometieron crímenes atroces en nombre de una idea.
El genocidio es tan humano como el arte o la oración. Esto no se debe a que la humana sea una especie particularmente agresiva. […] El asesinato en masa es un efecto secundario del progreso tecnológico. Desde los tiempos del hacha de piedra, los seres humanos han utilizado sus herramientas para masacrarse. Los humanos son animales que fabrican armas y que tienen una insaciable afición a matar (Gray, 2008, p. 97).
De hecho, continúa Gray (2008) más adelante en su texto:
Como los aborígenes tasmanios, incapaces de ver los navíos de grandes dimensiones que auguraban su propio fin, estos «bienpensantes» no supieron ver que la búsqueda del progreso había acabado en el asesinato en masa. «La escala de la muerte provocada por el hombre es el hecho moral y material central de nuestra época», escribe Gil Elliot. Lo que convierte al siglo XX en especial no es el hecho de haber estado plagado de masacres, sino la magnitud de sus matanzas y el hecho de que fuesen premeditadas en aras de ingentes proyectos de mejora mundial. El progreso y el asesinato masivo caminan de la mano. A medida que la cifra de víctimas mortales por el hambre y las epidemias ha ido decreciendo, han ido aumentando las muertes provocadas por la violencia. A medida que han avanzado la ciencia y la tecnología, también lo ha hecho el arte de matar. A medida que ha crecido la esperanza de un mundo mejor, también lo ha hecho el asesinato en masa (pp. 100-101).
A su vez, los sujetos de sociedades donde el progreso define la organización política y la vida cultural no son felices, a pesar de que el mito les promete ese estado desde el hiperconsumo, la libertad personal, la estructura de los Derechos Humanos y el sueño de redención por la vía del trabajo, de ser máquina productora. Más bien están “camareados”, pertenecen a asociaciones de oficio, de culto y civiles, que les permiten tener una máscara sobre su cara, una máscara de quitar y poner al amaño, despersonalización entonces en el mundo íntimo; vacío que solo es llenado por el placer y su búsqueda, por la convención grupal fluctuante. No es menor el indicador que muestra cómo los trabajos del futuro son aquellos que se orientan a divertir a otros, como dice Gray (2008). El mercado de las drogas, del sexo presencial y virtual, el de los realities, muestran en las sociedades modernas un refugio a humanos que son forzados a mostrar la cara moral de la moneda mientras, la inmoral, la de la persecución del placer ante la infelicidad, del ensañamiento contra semejantes y no humanos, están condenados al ocultamiento público y al escarnio, si han de ser descubiertos, a un falso purismo farmacológico y emotivo, como también a la práctica privada nihilista de reproducción de conflictos contra los demás y contra sí mismos.
Por último, como en las sociedades del progreso todos somos modernizadores, expresión usada antes, no cabe en los humanos modernos una concepción del mundo que reniegue de estos indicadores de bienestar, igualmente modernos: búsqueda del éxito personal mediado por la propiedad o el crédito que permite tener cosas y en abundancia; ser máquina sin pensamiento o contemplación; vivir en la inquietud del aquí y el ahora como camino hacia un futuro personal de abundancia; ser soberano de sí mismo, donde la medida de la libertad como relación de independencia y antítesis con los otros marca la identidad del rebaño o del sujeto singular, delicado, autocontenido y soberano espíritu moderno. Ninguna de estas cualidades del ser es negociable.
La acción preserva un sentimiento de identidad propia que la reflexión disipa. Cuando trabajamos en el mundo, sentimos una aparente solidez. La acción nos consuela de nuestra inexistencia. No es el soñador ocioso el que huye de la realidad, sino las mujeres y los hombres prácticos los que recurren a una vida de acción para refugiarse de la insignificancia.
Actualmente, la vida buena significa hacer pleno uso de la ciencia y de la tecnología, sin sucumbir a la ilusión de que puedan hacernos personas libres, capaces de raciocinio o, siquiera, cuerdas. Significa buscar la paz sin esperar un mundo sin guerra.
Significa apreciar la libertad, aun sabiendo que no es más que un espacio intermedio entre la anarquía y la tiranía. La vida buena no se encuentra en los sueños de progreso, sino en los momentos en que se afrontan contingencias trágicas. Hemos sido educados en religiones y filosofías que niegan la experiencia de la tragedia. ¿Somos capaces de imaginar una vida que no esté fundada sobre los consuelos de la acción? ¿O somos tan dejados y burdos como para no poder siquiera soñar en la posibilidad de una vida sin ellos? (Gray, 2008, p. 192).
Conclusiones
La reversión y pérdida de todas las conquistas colectivas, conflictos intestinos, accidentes y azares de la historia humana –efímeros componentes más de la evolución de la vida– niegan la teleología ilustrada optimista y liberal, la del colectivismo progresivista y la de las religiones laicas y escolásticas que gobernarán con sus fanatismos. Todos equivocados acerca de una edad futura de abundancia y armonía inamovibles. Es por eso que el error fundamental del mito del progreso estriba, por consiguiente, en que su utopía meliorista, de mejora constante, de triunfo del bien sobre el mal en sucesiones de generaciones y en la gradualidad del cambio, de llegada a un fin último de salvación y redención de los ungidos, serán solo eso, una utopía más, irrealizable, negada por la redundancia de historias repetitivas, la ciclicidad y la decadencia de todos los proyectos de mejora de una humanidad abstracta.
El autoengaño, la autojustificación producto del sesgo, junto con la búsqueda de la infértil autotrascendencia que pretende por todos los medios negar la insignificancia de la vida biológica del humano, son causas de la continuidad del progreso como flecha del tiempo y, a su vez, consecuencia del colapso planetario en marcha, de la grave transgresión de los límites de los sistemas de sustento de la vida presente en la Tierra.
Sin embargo, hay un futuro después del progreso planteado en dos escenarios. El primero, un no progreso para los animales humanos, reducidos en número y civilización por los efectos resultantes de su predatoria existencia hiperliberal, tecnofuturista y de industrialización en marcha, resultante del uso de materiales fósiles, de depredar la tierra, de matar a sus semejantes, de la conversión de las selvas en megagranjas y desiertos verdes.
El otro escenario, el futuro de Gaia, más fuerte con su biosfera bacteriana en su autorregulación, donde los mecanismos alterados hasta hoy y la resiliencia propia de la vida terrestre determinen a todos los vivientes restantes las formas de perdurar en simbiosis multiespecies. Al final, un futuro en el que el antropocentrismo especista, el humano mismo, sus tribulaciones políticas y su doble moral dejen de importar.
Priorizar el biocentrismo sobre el antropocentrismo, favorecer el monogeísmo frente a los monoteísmos y ecologizar en lugar de modernizar: ¡he aquí el único llamado a las armas que quedan para esta especie incorregible!
Referencias bibliográficas
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Potencial conflicto de intereses
El autor declara no tener conflicto de intereses en relación con esta investigación.
Fuentes de financiación
El autor declara que esta investigación no contó con apoyo financiero externo.
1 Magíster en Sociedades Rurales. Magíster en Ecología Humana y Saberes Ambientales. Sociólogo. Profesor del departamento de Sociología y Antropología, Universidad de Caldas. Coordinador de la Maestría en Ecología Humana y Saberes Ambientales. Correo electrónico: paulo.giraldo@ucaldas.edu.co – ORCID: https://orcid.org/0000-0002-9385-8035 - Google Scholar: https://scholar.google.com/citations?user=iFIdKh0AAAAJ&hl=es
2 “El monocultivo, un síntoma del progreso: la vida como víctima”. Tesis para optar por el título de Magister en Ecología Humana y Saberes Ambientales, Universidad de Caldas.
3 Me refiero a la idea del cosmopolitismo universalista kantiano donde los valores de la comunidad moral serían herencia de toda la humanidad, no solo de la europea occidental, bajo el principio de tolerancia, libre determinación y soberanía de las naciones. Confróntese con: Beck, U. (comp.) (2002). Hijos de la libertad. Fondo de Cultura Económica. (Particularmente el apartado llamado Los padres de la libertad, pp. 300-314).
Para citar este artículo: Giraldo
Betancur, P.C. (2025). El mito del progreso y la búsqueda de sentido en el
animal humano. Revista Luna Azul,
(61), 142-171. DOI: https://doi.org/10.17151/luaz.2025.61.7
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