Interludio: trazos sobre lo ecológico

Natalia Agudelo Sepúlveda1

“En el pasado se ha intentado distinguir una ecología científica de una ecología política, como si la primera no se ocupara de otra cosa que del “mundo natural”

y la segunda, de las consecuencias morales, ideológicas,

políticas que habría que extraer o no extraer de aquella […]

Al hacerlo, no se ha

logrado otra cosa que aumentar la confusión, pues ahora nos hallamos ante

combinaciones de ser y de deber ser en todos los niveles”.

Bruno Latour (2017, p. 41)

DOI: 10.17151/luaz.2025.61.1

En esta editorial me interesa pensar en lo ecológico, en las maneras en que se enuncia y se define, en los imaginarios y ficciones que contiene. Me interesa pensar en lo ecológico más allá del punto de vista gramatical, sin explorarlo como adjetivo sustantivado con artículo neutro, incluso sin considerarle como una idea abstracta. Me interesa, por tanto, pensarlo como campo conceptual en movimiento, en disputa, en cohabitación. Este interés surge de una sensación personal proclive a la locura: ¿hay un acuerdo, al menos tácito, en lo que significa lo ecológico? O, mejor aún, ¿qué estamos disputando mediante la babelización de lo ecológico?

Es probable que exista un consenso respecto al uso del sustantivo ecología, al igual que sobre su origen etimológico (oikos-logos) y su nacimiento escritural (Ökologie). Tal vez, también haya consenso al respecto de considerarla una ciencia; aunque se puedan percatar desacuerdos sobre el momento de su nacimiento, su región de origen y sus parientes. Se puede llegar a dudar incluso de su madre -la biología- que, como Gaia, engendró por partenogénesis, ese tan no excepcional modo de reproducción asexual en el cual el óvulo se desarrolla sin gameto masculino. Le pasó a Gaia, a la biología y les ocurre a algunos reptiles, ciertos insectos y a pocos tiburones. Algunos dirán que no fue una sola madre, sino que al menos ocho vientres la engendraron, dentro de ellas la botánica, la fisiología y la zoología: bellas e indiscutibles geronto-madres. 

La ecología como ciencia, y en su tránsito temporal, parece haber copiado los procesos evolutivos de los cefalópodos. Ha adquirido brazos y tentáculos (sinecología, ecología de poblaciones, ecología de comunidades, ecología evolutiva, etc.), con más o menos ventosas (marina, terrestre, funcional), que le procuran percepción, hipersensibilidad y descentralización respecto al cerebro. La ecología como ciencia cefalópoda anida, se desplaza, succiona; comprende y saborea su lugar de movimiento, sea fondo rocoso, sea el océano entero.

La ecología como ciencia cefalópoda es, también, cromatocinética: cambia de color, incluso de textura y forma. Y es justo allí, en las dinámicas de variabilidad radical, en el camuflaje, en la expresión, en la habitabilidad, desde donde nacen nuevas formas de narrarse, de adaptarse, de replicarse, de comunicarse. Aquí me refiero a otros modos de pensamiento que fundan su enunciación a través del sustantivo ecología: ecología social, ecología política, ecología oscura, ecología de las prácticas, ecología de los saberes, ecología queer, ecología multiespecie, ecología profunda y, créanme, un largo etcétera. En estos casos el análisis se vuelve insondable. Sin embargo, la pregunta que levanta el rostro podría ser: ¿qué de la ecología se sostiene en cada uno de estos modos de pensamiento? O, mejor, ¿es posible un sostenimiento de la metáfora?

Podríamos aceptar que esta magnitud de escenarios que se proponen como ecologías tendrían que evidenciar algún criterio similar, algún punto común, algún espacio posible que les permita autonombrarse o autoproclamarse como ecológicos. Probablemente ese elemento sea un posicionamiento ontológico derivado de la ciencia ecológica (y de algunas de sus madres): la existencia de interacciones e interrelaciones entre lo vivo y lo no vivo que permiten, a su vez, la continuidad del fenómeno Vida; la existencia de vínculos entre todo lo vivo y entre todo lo no vivo, en diferentes escalas, niveles y grados, mediados por las condiciones que permitieron la aparición y evolución de la vida en un planeta satelizado, tercero con relación a una estrella enana y, créanme, un largo etcétera.

La ecología, inmersa siempre en la interrelación, también puede ser entendida como el dispositivo que permite arrancar a los humanos del centro espacial y del fin temporal de la Vida (siempre como fenómeno). Los humanos, una especie entre millones solo dentro de su mismo Reino (Animalia), dependemos radicalmente de condiciones ecológicas, tanto químicas como físicas y biológicas. No hay que ir tan lejos en imaginación. Dependemos del oxígeno, elemento químico otrora catastrófico. Por supuesto, no solo los humanos dependemos del oxígeno, tampoco todo organismo. Salvedades anaerobias. En este sentido, lo ecológico probablemente invite a un posicionamiento no humanocéntrico, justamente porque de otra manera el sesgo es evidente y patológico.

Lo humano tiene tantas trampas como el Ánthropos y tantas como el taxón especie; otro problema insondable que, para alegría de todas y todos, está siendo fuertemente estudiado. Personalmente (que es siempre colectivamente) quiero jugar con lo humano como prefijo (humanocéntrico) puesto que es una palabra que se desborda en enunciaciones, prédicas y rezos en todo espectro ideológico. ¿Qué es lo humano? Otra pregunta que levanta su rostro. Al fin y al cabo, lo que tenemos es que muchos homos sapiens han sido y están siendo despojados de toda humanidad y, a la par, objetos tecnológicos están siendo humanoformados. Probablemente, humano sea una palabra de la que nunca supimos bien su significado, si es que significa algo: ¡tiene tantos rostros! Inhumano puede ser adjetivo del sustantivo humano. Salvedades biológicas y trampas valorativas del lenguaje. 

Volviendo a la ecología como dispositivo de desexcepcionalización humana, podríamos coincidir en que no todas las autonombradas ecologías se asumen desde tal entramado. Si bien la mayoría de ellas parten de una crítica a la jerárquica dicotomía moderna humano/naturaleza, permanecen instaladas en tal ideación, aunque no de manera estrafalaria. Modifican ambas categorías, las problematizan y las relacionan. Podría decirse que grupalizan la primera y desrecursivizan la segunda. La ecología, aquí, se vuelve una postura sutil, aunque comprometida políticamente. Pierde su devenir cefalópodo y se vuelve murmullo humano. Esto le ocurre, concretamente, a la ecología política2 que, dicho sea de paso, anida en la concepción polisémica de la ecología.

La ecología como noción polisémica, narrada de tal manera por Germán A. Palacio (2006), constituye uno de los modos de excepcionalidad humana más recurrentes en las ciencias sociales y humanas. Él nos dice: “cuando la ecología se concibe como un campo especializado de la biología, casi naturalmente se excluye, en unos casos, o relega, en otros, al ser humano a un último lugar en el contexto del conjunto de relaciones entre seres bióticos y abióticos que explora el campo de la ecología” (p. 10). En el mismo artículo precisará elementos maravillosos para el debate:

En síntesis, la noción de ecología, que si bien es utilizada con mucho éxito como especialización de la biología, no tiene una acepción única. Tiene más de cinco décadas de uso variado en particular en la modalidad de ecología política, de modo que su comprensión como el “estudio de las relaciones de los organismos entre sí y con su entorno” se extiende más allá de la biología, en la medida en que el entorno incluye toda el área de lo social y, en consecuencia, incluye lo político. (p. 10)

Los murmullos excepcionalistas se presentan claramente en este tipo de reflexiones, especialmente a través de tres movimientos argumentativos: 1. Las ciencias sociales y humanas, si bien dan crédito a las ciencias naturales, le señalan que han dejado al humano excluido o relegado dentro de sus objetos de estudio. Por tanto, indagarán al ser humano, quien ha quedado en el último lugar de las interacciones e interrelaciones del fenómeno Vida. 2. Más allá de la biología está la política, modo de existencia -al parecer- únicamente humano: si los seres se relacionan entre sí y con su entorno, entonces el entorno humano es lo sociopolítico. 3. La polisemia de cualquier noción sirve como recurso metafórico aún a costa de perder, en el camino, los elementos que la constituyen.

Este último movimiento está expresando en Enrique Leff (2003) que, sin sonrojarse, escribe lo siguiente: “La ecología política es un campo que aún no adquiere nombre propio; por ello se le designa con préstamos metafóricos de conceptos y términos provenientes de otras disciplinas para ir nombrando los conflictos derivados de la distribución desigual y las estrategias de apropiación de los recursos ecológicos, los bienes naturales y los servicios ambientales” (p. 19). Como notarán los y las lectoras, el giro de tuerca se consumó. Pasamos de una ecología como ciencia a una ecología polisémica y, posteriormente, a un préstamo metafórico que indaga sobre conflictos humanos nacidos por la distribución desigual de recursos ecológicos.

Tal vez la coincidencia siga siendo, entonces, que la ecología es una ciencia. Sin embargo, lo ecológico parece haberse convertido en un sinónimo de “la naturaleza”, expresada mediante las palabras: recurso, bien y servicio. La ecología política3, entonces, más que instalarse en una lectura de la ecología como ciencia amplía la concepción de la política en términos de conflictos humanos (grupalizados) relativos a “la naturaleza”. Probablemente, las cinco décadas de las que habla Germán A. Palacio, hayan sido décadas de reconsideración de las teorías políticas a la luz de los ecologismos y de los ambientalismos, de las preocupaciones ambientales (enunciación propia de las Cumbres Internacionales sobre el Medio Ambiente) y de lo de ha sido llamado la Era de la Ecología y sus hitos fundacionales4.

En pocas palabras, enunciar lo ecológico es anunciar la visibilización de una problemática otrora excluida de los márgenes de atención política. ¿Cuál problemática? Una “naturaleza” dañada, empobrecida, alterada, por acciones antropogénicas o capitalogénicas, narrada mediante conflictos ecológicos distributivos y acompasada por modos de hacer mundos fundamentalmente excluyentes, colonialistas y progresivistas. La humanidad toda contra la naturaleza toda o “cierta humanidad” contra toda “naturaleza”. Ni por un segundo nos separamos de tal dicotomía. Lo ecológico es, en este sentido, algo como lo siguiente: abrir los ojos, sabernos habitando un planeta finito y vulnerable, notar que las relaciones de dominación y los modos de producción dependen de materiales y energía, caer en cuenta de que los daños a la “naturaleza” son irreversibles, considerar al futuro como pregunta y, antes de cerrar los ojos de nuevo, luchar por, con o contra la “naturaleza”. 

Lo ecológico, podríamos admitir, no es “la naturaleza” porque, al fin y al cabo, ¿qué es la naturaleza?, ¿la seguiremos entendiendo como todo aquello que no es humano o como aquello donde también estamos los humanos?, ¿pasaremos a pluralizarla y a diferenciarla, es decir, a llamarla naturalezas diferentes (Tavares, 2024) como único modo de posicionamiento crítico?, ¿jugaremos a escribirla con o sin mayúscula, con o sin cursiva, con o sin negrilla, con o sin comillas para poder evidenciar que algo no anda bien con tan brutal enunciación?

La palabra “naturaleza” es una tremenda abstracción. Se asoma a modo de verde en nuestro imaginario visual, a modo de petricor en el imaginario olfativo y a modo de tranquilidad existencial cuando decimos necesitarla o ansiamos visitarla. La “naturaleza” es solo una ficción enunciativa simplificante, por demás, humana demasiado humana: nuestro espectro visible es un mundo cromático encarnado, otro en relación a otros. “Nuestro” verde naturaleza no es percibido por muchos de nuestros compañeros de Reino. Los mundos olfativos, sin opción de decir “nuestros”, son -incluso- sistemas de conocimiento; el petricor, para las abejas, probablemente no indique sosiego sino una trágica señal fúngica que media entre ellas y las flores. La tranquilidad existencial, la estrepitosa búsqueda de conexiones naturales, el “silencio plácido” de las orquestas vitales, se acompañan de insecticidas, esa extraña negociación de habitabilidad.  

Lo ecológico, más que convertirse en una cuestión ecológica, es decir, en la inclusión de la “naturaleza” o las “naturalezas” en la política y en los conflictos humanos, podría pensarse desde sus potencias, todas ellas derivadas de la invitación inicial de la ecología, incluso de sus madres, y de modos de pensamiento no excepcionalistas. Tales potencias son tanto conceptuales y vitales, como relacionales y fabulatorias. Son, por así decirlo, modos posibles de creación desde donde podemos con-fluir. En este sentido, la potencia conceptual tiene que ver con la manera de crear y de reorganizar las palabras, los conceptos y las preguntas que insisten en reproducir un mundo particular y específico, morbosamente desigual y catastróficamente en declive: pensar/crear otros mundos que ya acontecen. La potencia vital no es más que afectarse; abrir, sí, los ojos, pero también poner los demás sentidos y el cuerpo todo a disposición de la afección, de la co-habitación gaiana; percibir, pues, las invitaciones múltiples de lo no humano (Despret, 2021), de lo vivo, de lo no vivo, y de sus interrelaciones. La potencia relacional es simple: siempre somos en relación, nunca fuimos individuos; somos simbiontes, somos holobiontes. La potencia fabulatoria tiene que ver con las maneras de narrar, con las historias que contamos para que otros seres aparezcan, agencien y revelen sus mundos. “Fabular, contar diferentemente, no es romper con “la realidad”, sino buscar que se vuelvan perceptibles, que se piensen y se sientan aspectos de esta realidad que usualmente se consideran accesorios” (Stengers, 2006, p. 169) y, una vez se cultive ese modo de atención, empezar a narrar, a contar. Además, la potencia fabulatoria es un llamado a la imaginación de mundos en la tierra ¿la paradoja? Son estrictamente inimaginables. En último término me atrevo a decir que dentro de las potencias de lo ecológico se inscribe la espacio-temporalidad: somos todos finitos, vamos todos hacia la extinción y el único lugar de vida es este planeta, que también desaparecerá.

En estos sentidos, lo ecológico como posicionamiento activa tres movimientos en su campo conceptual: 1. Los humanos no estamos fuera de las complejas relaciones con lo vivo y lo no vivo, por más recién llegada que sea nuestra especie; y, dado que no hablamos de una fila de escuela, tampoco estamos en el último lugar. 2. Tales relaciones (con o sin nosotros) se dan en abismales números e incognoscibles representaciones, por tanto, están por fuera de todo entendimiento humano, incluida la tecnología. 3. Estos dos elementos no tendrían que excluirse ni darse por obvios en los antropo-relatos circulantes: las condiciones y los procesos ecológicos no son un pie de página para ninguna especie, tampoco una leve mención introductoria, mucho menos un tentempié para discursos ideológicos de toda índole5. No “nos rodea” un entorno sociopolítico como diferencia radical con lo no-humano: hacemos, simplemente, parte efímera de Gaia.

Concluyo con lo siguiente: tendremos que aceptar la babelización de lo ecológico porque cualquier unificación imaginada siempre será más débil que la multiplicidad desobediente y caótica. Cada enunciación, aunque divergente, responde de manera diferente a urgencias particulares, a preguntas singulares y conflictos que se muestran como eternos. Esta no es más que una invitación a considerar que somos todos parte de la excepcionalidad del fenómeno Vida y que resultaría mucho más satisfactorio sentirnos todos (humanos y no humanos) como compañeros. Al fin, abrir los ojos, poner en juego todos los sentidos, alegrarnos por la finitud, conversar con la historia geológica y biológica, reconocer que Gaia puede ser Medea, fabular una ficción distinta al capitalismo, considerar tranquilamente al futuro como portador de extinciones y, después, cerrar los ojos, abrirlos, y empezar de nuevo. Y claro (y esto exclusivamente para los humanos) no perder de vista las injusticias, memorizar a los milmillonarios, señalar a todo culpable de genocidio y, luego, para que nunca lo olviden, enseñárselo a nuestras infancias.

 

 

 

 

Stop Fascism

 

 


 Bibliografía

Despret, V. (2021, noviembre 2). Simbiología. Conversaciones indisciplinadas [Entrevista] (P. Méndez, Entrevistador). https://www.youtube.com/watch?v=BqIWJ12sGcs.

Escobar, A. (2010). Ecologías Políticas Postconstructivistas. https://www.ceapedi.com.ar/Imagenes/Biblioteca/libreria/357.pdf

Latour, B. (2017). Cara a cara con el planeta. Una nueva mirada sobre el cambio climático alejado de las posiciones apocalípticas. Siglo XXI.

Leff, E. (2003). La ecología política en América Latina: un campo en construcción. Revista Sociedade e Estado, Vol. 8, núm. 1/2. pp, 17-40.

Palacios, G. (2006). Breve guía de introducción a la Ecología Política (Ecopol): orígenes, inspiradores, aportes y temas de actualidad. Revista Gestión y Ambiente, Vol. 9, núm. 3. pp, 7-20. Universidad Nacional de Colombia.

Stengers, I. (2006). La Vierge et le Neutrino. Citado por Despret, V. (2021). A la salud de los muertos. Relatos de quienes quedan. Cactus.

Tavares, P. (2024). La naturaleza política de la selva. Escritos sobre arquitectura, ecología y derechos no-humanos. Caja Negra.

Worster, D. (2008). Transformaciones de la tierra. Coscoroba ediciones.

 


1 Filósofa, Magistra en Estudios Latinoamericanos, con estudios doctorales en Ciencias Sociales. Investigadora en Ecología Política y otras ecologías. Docente catedrática de posgrado. Universidad de Caldas. E-mail: natalia.agudelo@ucaldas.edu.co

2 En esta editorial solamente me referiré a la ecología política. Sería interesante indagar sobre los otros modos ecológicos de pensar.

3 En el artículo Ecologías Políticas Posconstructivistas (2010), Arturo Escobar presenta tres generaciones o momentos de la ecología política. A través de una larga y compleja lista de autorxs y posicionamientos teóricos, Escobar evidencia las transformaciones radicales de esta área de conocimiento. Considero, sin embargo, que su escrutinio tiene que ver más con las transformaciones de pensamientos filosóficos y antropológicos no dicotómicos o jerarquizantes que con un posible campo conceptual de la ecología política.

4  Worster, D (2008). Las transformaciones de la tierra.   

5 He de decir, lectoras y lectores, que esto ya está pasando. Que existe, menos mal, extensa literatura que se regocija en estas atenciones; que muchas preguntas han levantado incluso el torso, no solo el rostro, y que se siente un clarísimo empeño en pensar de otro modo a lo ecológico.


Para citar este artículo: Agudelo-Sepúlveda, N. (2025). Interludio: trazos sobre lo ecológico. Revista Luna Azul, (61), 1-7. https://doi.org/10.17151/luaz.2025.61.1


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